La Adolescencia de un Votante

Un tertuliano radiofónico igualaba las probabilidades de una victoria del presunto anti sistema norteamericano a las que tiene un jugador de baloncesto en fallar un tiro libre. Uno de cada cinco tiros es errado por los jugadores. Una de cada cinco finales que dependan de un tiro libre serán, por tanto, perdidas. En la primera semana de noviembre asistimos a una de estas finales, la de un partido interminable entre dos rivales inéditos.

Por un lado, era la primera vez que una mujer llegaba tan lejos, batiendo en la semifinal a un señor demasiado sensato para ser tomado en serio y al cual resultaba difícil incluir en ninguna portada protagonizando algún renuncio, escándalo o frase contradictoria dicha en 1985. Un discurso excesivamente coherente para una sociedad necesitada de carnaza extravagante, donde el morbo de escuchar cómo un candidato oprime con su puño las partes íntimas de una mujer atrae más que el hecho de que durante un discurso un pájaro se posara en el hombro de un San Francisco de Asís moderno. Esta vez, la mujer venció al hombre en la Convención Demócrata, pero su pasado y posibles artimañas hicieron que muchos desconfiaran y se decantaran en la final por el multimillonario que hará grande a América de nuevo, o eso creen. Yo tenía mi favorito en todo este proceso y perdió.

En el bando contrario también innovaron: era la primera vez que un candidato caía tan bajo cada vez que abría la boca. En Europa ya conocemos a este tipo de personajes, similares al que gobernará la hegemónica potencia mundial, por lo menos durante los próximos cuatro años. Y no me refiero a la manoseada comparación con el sujeto que ganó la elecciones alemanas en 1933. No hace tanto, un multimillonario machista, juerguista, populista y con una estela de escándalos a sus espaldas ya gobernó un país mediterráneo durante años. Es verdad que el transalpino nunca llegó tan lejos como el flamante candidato, electo ante todo pronostico. En los Estados Unidos de Norte América, todo se hace a lo grande, incluso los desmanes, con lo cual ya tenemos un nuevo blanco para todo nuestro odio. Ya tenemos la copia con esteroides de un político, que incluyó en su día el bunga, bunga en el lenguaje cotidiano parlamentario, solo que el nuevo no hace tanta gracia.

Han sido unas elecciones con un marcado carácter bronco y hasta cansino. En el último año, en mi entorno de Face Book, no habido día en que no apareciera alguna referencia a uno u otro rival. He de reconocer que, dado que todos mis amigos norteamericanos provienen del estado de Nueva York, la inmensa mayoría se decantaron ya desde un primer instante por el partido representado por un burro. Ya sea por la todo poderosa fémina o por el discreto progresista con aires de sabio despistado. Todos ellos pertenecen a una clase acomodada que apoyaba las propuestas rompedoras o continuistas, pero acotadas por el cerco de lo que en occidente se ha llegado a llamar cordura. De los comentarios de todos los demócratas se desprendía cierto respeto no solo por las minorías de todo tipo y condición, sino por la mayoría que representa el resto del mundo. Una cierta conciencia de que Europa, Asia, Oceanía, Sudamérica e incluso África existen de verdad. A algunos hasta se les veía paseando por Berlín, Londres, París o incluso defendiendo los derechos de una religión tan alejada de los valores estadounidenses como lo es el Islam. Una pequeña isla paradisiaca que me hizo olvidar lo más retrógrado de una sociedad que pocos hemos sabido comprender. Al mundo le ha pillado por sorpresa que ganara alguien que podría haber gobernado un país en la película Idiocracia. También es cierto que resulta muy fácil ser magnánimo cuando se disfruta de una vida cómoda, sin problemas económicos y no se tiene que convivir con la marginalidad que supuestamente ha votado al ganador. ¿Cómo serán los sesenta millones de ciudadanos que se decantaron por Trump?

Del partido elefantiásico no he tenido grandes referencias, salvo una, la de un amigo de la infancia, ciertamente peculiar. Provenía de una familia muy adinerada que vivía en una mansión con vistas al mar, en el barrio de Manursing. Un lugar en el que las inmensas dimensiones de las fincas alejaba tanto a los vecinos, que uno tendía a olvidarlos y se aislaba de su entorno. Frondosos árboles escondían enormes viviendas que rememoraban localizaciones propias de El Gran Gatsby.

Cuando lo conocí, él tendría dieciséis o diecisiete años y yo uno menos. En el colegio, los cursos edificaban muros impermeables y era poco habitual mezclarse entre sí. Los de catorce con los de catorce, los de quince con los de quince y así sucesivamente. Rara vez se producían incursiones en otros mundos y en esta ocasión tampoco ocurrió. Coincidí con Justin porque tras ser expulsado de un colegio privado, perdió un curso y recaló en nuestra clase. Nunca llevaba mochila, libros o carpetas. Nunca tomaba apuntes ni prestaba atención. Simplemente esperaba a que las clases terminaran, sentado, despatarrado en un pupitre que apenas podía contener su desgarbada y patosa figura. Un buen día se juntó con un uno de mis mejores amigos y acabamos constantepartiendo las tardes adolescentes entre conversaciones sobre música y bromas absurdas.

Su sonrisa permanente, un poco bobalicona, junto a una mirada ida, contrastaban con ciertos momentos de lucidez, incluso académica, pero se borraban con el consumo de todo tipo de estupefacientes. Los demás le mirábamos un poco atónitos, pero sin mostrar gran curiosidad por su embriaguez constante. Aunque no tuviera necesidad, trabajaba descargando cajas de refrescos en una tienda del pueblo, mientras el resto, sin casi dinero que poder gastar, observábamos como los paquetes de latas parecía que se le fueran a caer de las manos a cada paso que daba. Una vez terminada su jornada laboral, con la frente sudada, ansiaba evadirse con sus drogas, mientras que era precisamente dicho consumo la razón por la que trabajaba. Una graciosa paradoja de la que hasta él mismo se reía.

Si bien el resto de mis amigos y yo nunca compartimos sus vicios, sí compramos muchos boletos para el sorteo de un viaje hacia el cementerio cuando nos montábamos en su coche mientras él conducía bajo los efectos de lo que pudiera estar consumiendo en aquel momento. Un disparate surrealista en donde el único colocado era el conductor. Una posible explicación provenía del hecho de que los demás aun no teníamos edad para conducir y de todos modos tampoco hubiésemos podido tener acceso en exclusividad a un Acura Infiniti, un coche de alta gama de color granate que conducía con la misma torpeza como la que mostrada al descargar cajas.

Los viajes con la ventanilla bajada escuchando cintas de conciertos pirata de Grateful Dead que acababa de comprar en South Jamaica quedarán en la retina para siempre. Nunca antes había visto a nadie traficar con nada y menos en los bajos fondos de Queens. La misma ilusión le hacía encontrar alguna versión de Jack Straw que no tuviera, que introducir un poco de hierba en una pequeña pipa y desaparecer mientras Jerry García cantaba: “We can share the women, we can share de wine…”.

Otros días, se situaba en las antípodas musicales y The Dead Kennedys salían en forma de camiseta del fondo de un desordenado armario, mientras se despedía de su madre al son del post-hard core neoyorkino, cuyo máximo exponente para mi sigue siendo Into Another.

El ultimo día que pasé en Rye nos subimos a un alto desde el cual se divisaba la biblioteca, su gran explanada y una calle por la cual pasaba todos los días hacia el colegio. Un visión cenital nunca antes vista que me cambió totalmente la perspectiva del lugar del cual yo ya no formaría parte. Fue lo más parecido a un viaje lisérgico, efecto bajo los cuales probablemente estaría Justin.

Nos despedimos y nunca supe más de él hasta la llegada de Face Book. Cuando lo encontré, todavía tenía la misma mirada perdida, pero la desgarbada estampa había desaparecido gracias a los kilos de más. Una vez muerto Jerry García , los conciertos de Grateful Dead fueron sustituidos por conciertos de Phish y su afición a montar en monopatín se transformó en ver partidos de beisbol y futbol americano con una gorra algo ridícula.

En veinticinco años, aquel que nunca prestó atención en clase, paradójicamente se convirtió en un profesor de lengua que niega el cambio climático y por tanto apoya a Donald Trump. Todo lo contrario que sus héroes juveniles. Tampoco será el primero ni el último que renuncia a su pasado. Los estudiantes que protestaban en Mayo del 68 se convirtieron en burócratas con coche oficial, e incluso Benito Mussolini, antes de liderar el fascismo italiano, fue socialista. Puede que quizá entonces, un Donald Trump nonagenario acabe abrazando ideas ecologistas.

A Justin se lo ve centradísimo en su ombligo, incapaz de concebir otra forma de vida que no sea la suya y se encuentra totalmente inmune a mis sutiles ironías sobre Americo Vespucio y cómo el concepto de América resulta algo más amplio que los Estados Unidos de Norte América. Muestra de su egocentrismo se puede observar en el siguiente detalle: recientemente me nombraba presentadores televisivos a los que él debe de odiar, cómo si el resto del mundo también los conociéramos y odiáramos. “Si, hombre ¡cómo no va a conocer Justin a Paquita la de la esquina! ¡Hace unas rosquillas buenísimas!” Esa capacidad de concentración y posterior expansión de todo el ser de uno, sin que quepa nada más, que algunas personas disfrutan, me sigue sorprendiendo.

Parece que durante la infancia y adolescencia las personas nos juntamos aleatoriamente y por causas circunstanciales. Solo con el paso de los años se pueden apreciar las enormes divergencias existentes entre algunos.

No voy a enumerar todas las atrocidades que según mi punto de vista, he observado salir de sus dedos en el último año, pero sí lo más surrealista, que fue cuando alabó unas palabras de Hilary Clinton a favor de la igualdad entre sexos. Tal fue el desconcierto que generó, que la amiga que compartió el mensaje, un poco edulcorado por cierto, le preguntó si se trataba de una tomadura de pelo. Todos sabíamos de su defensa a ultranza del candidato republicano. Él respondió que tenía una hija y que le encantaría ver a una mujer presidente, pero no a Hillary. Estuve a punto de completar la frase, pero al final me dio pena y no lo hice, quizá por si su continua intoxicación pasada había terminado por hacer mella. No indiqué que mientras llega la mujer perfecta que ocupe el despacho oval, mucho mejor apoyar a un misógino para que vaya desbrozando el camino hacia dicho objetivo.

Así es como ganan los que no dudan, sin importarles lo que piensan los demás, sus propias contradicciones o peor aun, sin importarles los demás. Los indolentes les dejamos pasar por lástima, pereza o ambas a la vez y ellos adelantan por cualquier recoveco hasta conseguir su propósito.

Parece que yo también fallé el tiro libre, o mejor dicho, ni siquiera lo tiré y su comentario bipolar quedó sin respuesta, impune, enterrado por los millones de palabras acumuladas en una aplicación que algún día irán a la basura, como los trastos que se guardan en los devanes durante décadas y hasta que de repente, el día menos pensado, uno se deshace de ellos.

 

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