El Cheto Superfluo

Reconozco que poco me atraía el programa Volando Voy de Jesús Calleja. Me gustan más  sus otras propuestas de programa. No entendía muy bien ni el objeto ni el objetivo y me parecía un formato rayando lo chusco, sin sentido ni interés, pero esta vez me interesaba porque en él aparecía como artista invitado el Director del Parque Natural de las Fuentes del Narcea, Degaña e Ibias.

La palabra Director parece que ya implica imaginar a alguien vestido con un traje y corbata, que siempre está de mal humor y con carácter altivo. Es decir, siempre se asocia la Dirección de cualquier organismo con aquellos hombres de traje gris que dibujaba René Magritte. No hace mucho, un conocido espetó a otros, casi como amenaza y fuera de contexto, que él era el Director General de la cadena televisiva Tele Cinco mientras se colocaba la corbata, que apenas abarcaba su frondosa barriga y sus carnes se desparramaban por el cuello de su camisa. Desconozco si sus intenciones incluían las de infundir el respeto que no posee entre la concurrencia, pero el efecto fue el contrario, ya que todos sospechamos que seguramente le mantiene su sufrida esposa, porque el pobre no da más de sí que para soltar un bramido estéril de vez en cuando. Lo curioso es que, entre todas las empresas que existen, y ya puestos a inventar, eligiera un gran (de grande, no grandioso) medio de comunicación.

Sin embargo, el Director del Parque de Fuentes del Narcea, Degaña e Ibias no cumple con el estereotipo en ninguno de los sentidos. Melena rubia rizada y teñida, camisetas deportivas y pantalones vaqueros suele ser su atuendo habitual de trabajo, algo que debería resultar ya casi anecdótico en un país donde algunos diputados lucen rastas. Si las sociedades occidentales oficialmente ya han superado aquello de que el color de la piel no importa, creo que tampoco debería importar el color, forma o tipo de tejidos con los que nos cubrimos. Ninguna de las opciones me parece ni buena, ni mala, simplemente carece de interés en mi opinión.

Lo que sí me parece relevante es que el susodicho Director no emana un carácter arrogante, ni mira por encima del hombro de nadie avalado por su puesto, sino que simplemente exhibe una ilusión desbordante por su trabajo, en este caso por el Parque de Fuentes del Narcea, Degaña e Ibias el cual incluye la reserva de Muniellos, uno de los mayores robledales de Europa y que se encuentra fuertemente protegido.

Tuve el gusto de conocer a Pablo García Esteban el año pasado, ya que curiosamente fue Director de un pequeño proyecto que redactamos para el Gobierno del Principado de Asturias. Se trataba de recuperar una poza natural que había sido obstruida por la construcción de un dique en la ría de Navia. En mis quince años de carrera profesional, pocas veces he tratado con alguien que destile tanto entusiasmo por lo que estaba haciendo. Tal fue su fervor que consiguió contagiar su pasión, incluso a mí. Si en casi todos los proyectos lo habitual suele ser pasar malos tragos, con Pablo García Esteban todo resultó incluso agradable.

Como tenía tan buena estima del personaje, quise darle una nueva oportunidad al programa de Volando Voy, a pesar de que pensaba que llevar a unos youtubers a un ambiente rural para convencer a los lugareños de Muniellos sobre las bondades de internet iba a terminar siendo un ejercicio cínico de reírse de los que no saben pronunciar Twitter o Instagram, pero reconozco que me equivoqué de lleno. Tanto Jesús Calleja como los excéntricos Señor Cheeto, Dulceida y Aless Gibaja trataron a aquella gente con un respeto inusitado, impropio de este tipo de frivolidades televisivas.

Nunca me gustaron programas como Crónicas Marcianas, Esta Noche Cruzamos el Mississippi o similares. No solo me parecían aburridos, sino que intuía que manos negras invisibles y no tan invisibles, con forma precisamente de Directores, encumbraban a pobres desgraciados para que los televidentes se rieran de ellos y todos engordaran sus bolsillos, incluidos los humillados.

Las nuevas estrellas de hoy en día, aupadas por las redes sociales, puede que hagan las mismas tonterías que los de antaño, pero entreveo una gran diferencia y no es otra que el hecho de que detrás no se encuentra la maquiavélica mente del Berlusconi de turno, sino que el intermediario ha desaparecido, y no es más que la propia gente la que alza a sus héroes. Por lo menos algo se ha ganado y no es poco ya que en estos youtubers, no veo las desgraciadas trayectorias que la fama les trajo a personajes como Belén Esteban o Cañita Brava. La fama de estos nuevos gurús se la han labrado ellos solos y han destacado por carecer de complejo alguno y poseer una gran personalidad.

Yo, nacido en los años setenta del siglo XX, pertenezco a una generación que posiblemente se educó con los últimos coletazos de la contención y entereza como bandera. Tiene sus aspectos positivos, pero también sus residuos, como la falta de espontaneidad o la acidez de estómago que produce evitar la dispersión de emociones. Por esta razón, me congratula que los veinteañeros de ahora se hayan despojado de muchos complejos, como el miedo a hacer el ridículo porque, tal y como decía mi abuelo paterno: “mejor pedo en público que dolor de tripas en privado”. Abuelo: algo he aprendido y llevo casi dos años con unos gases terribles que suelto a diestro y siniestro.

También reconozco que hasta no verlos en Volando Voy, ignoraba la existencia del Señor Cheeto, Dulceida y Aless Gibaja, y precisamente ha sido a raíz de dicho programa que he indagado en su obra, más que nada por la curiosidad que me produce el hecho de que ellos emitan videos con millones de visitas y mi blog se encuentra lleno de telarañas, propias de la nevera del célebre Carpanta.

Me he tragado el Sexy Summer de Aless Gibaja y sus súper consejitos, la boda con su novia de Dulceida y la preparación de una comida de navidad low cost por parte del Señor Cheeto y no puedo decir que me haya arrepentido. Me parece gente sin maldad, que hacen lo que hacen porque les gusta y que también transmiten aspectos positivos como la tolerancia y hasta cierta crítica social. Si Charles Chaplin denunciaba las penurias que sufrían muchos a través de Charlot, el Señor Cheeto, también se queja a través de su personaje de un mal actual muy extendido.

La hambruna ya no representa un problema grave en occidente, con lo cual comerse una suela de zapato se consideraría una mera extravagancia. Sin embargo, preparar bruscamente un sucedáneo de sushi con surimi y pan de molde en una pequeña cocina que se cae a pedazos, sí me parece pertinente. Este hecho simula la frustración que sufrimos al ver en Instagram a las estrellas comiendo caviar en las Islas Seychelles, mientras los mortales, muchos sin trabajo, comemos un salchichón envuelto en pan de molde y cortado en trocitos en forma de canapés. Y lo segundo tampoco es que sea tan malo per se, pero lo primero se vende mejor y al no poseerlo nos genera una ansiedad que provoca que machaquemos el maldito pan de molde como quien se apunta a una clase de kick boxing después de un día estresante en la oficina.

Pablo García Esteban, algo peculiar en sus formas, me recuerda ligeramente a los mencionados youtubers. Ejerce su trabajo sin maldad, sin cinismo y con mucha ilusión. Y sí, bailó un poco de twerking frente a las cámaras, pero también fue muy sensato cuando hablaba de la importancia de preservar la reserva natural de Muniellos, y aunque decir que los funcionarios también creen en las hadas pareciera un poco infantil, también es cierto que su figura aleja del imaginario popular la visión que tenemos de los trabajadores públicos como gente avinagrada que solo piensa en disfrutar de sus días Moscosos.

Por esta razón, me entristecí mucho cuando dos días después de emitirse el programa Volando Voy, un periódico asturiano se hizo eco de que ciertas asociaciones ecologistas habían pedido el cese de Pablo García Esteban por considerar su actuación inapropiada y poco seria. Creo que todos conocemos actuaciones de personajes públicos siniestros mucho menos apropiadas, mucho menos serias y mucho más gravosas para las arcas públicas que bailar y cantar.

Nadie ha dicho que la extroversión extrema sea una forma de vida para todos o una dieta equilibrada. La mesura y la discreción también son necesarias, pero al igual que nadie se atrevería a decir que el jamón ibérico, el chocolate o el vino deberían de eliminarse como alimentos, creo que tampoco se debería prescindir de personajes como Pablo García Esteban, Dulceida, el Señor Cheeto o Aless Gibaja, porque a nadie le amarga un dulce. Es más, puede que necesite cambiar mi nombre y pasar a llamarme el Cheto Superfluo y grabar videos recitando mis escritos mientras hago un poco de twerking. Lo paradójico de este mundo internáutico es que aunque todo queda registrado en Google como si se grabara en mármol, a la vez termina siendo efímero y al día siguiente todos cambiamos de opinión, incluido yo mismo.

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