VeniVidiVici

Ya han pasado varias semanas desde el día en que llegamos demasiado pronto a una obra de teatro en el Jovellanos de Gijón. Durante los tres minutos previos al espectáculo, nos sentimos incómodos sentados en nuestras butacas. Normalmente solemos dedicarlos a aparcar el coche y correr hacia unas puertas que están a punto de cerrarse y dejarnos fuera. Instantes en los que uno debe armarse de valor y evitar mirar a los ojos del empleado que revisa las entradas para no dar pie a que no le permita pasar.

Un día, tal fue nuestro sofoco corriendo y determinación a la hora de literalmente atravesar la puerta, que el portero picó nuestras entradas sin mirar. Ya sentados, se abrió el telón y apareció una señora sentada en una silla que empezó a cantar con acento canario, acompañada de una guitarra acústica que ella misma tocaba. Extrañados, nos miramos, pero aceptamos que quizá se trataba de una actualización moderna de la obra de teatro que pretendíamos ver. Pasados unos minutos, no lo soportaba más y me llevé una sorpresa al comprobar nuestras entradas y darme cuenta de que nos habíamos equivocado de día. No estábamos presenciando Macbeth, sino un concierto de la cantautora Rosana. Lo más complicado fue volver al día siguiente, fecha correcta de la obra que queríamos ver y explicar en la taquilla cómo era que nuestras entradas estaban ya picadas, pero nosotros nos encontrábamos fuera del recinto. Parece que con la equivocación se cumplió el lamentable hecho de que más empuja la decisión de un necio que la razón del sabio.

Hace poco más de un mes, no estuvimos a la altura de nuestra reputación de impuntuales y sufrimos el alboroto que se produce antes de cualquier representación. Nos encontrábamos sumergidos en el murmullo incomprensible que siempre suena igual, independientemente del contenido de las conversaciones o idioma que se hable, como cuando se mezclan decenas de colores y surge un marrón tirando a negro que ya no varía por muchos tonos claros que se aporten. Pero fue una conversación entre mujeres que se encontraban detrás de nosotros la que sí logré segregar. Una de ellas comentaba a las otras, indignada, cómo su madre, entrada en años, le chupaba la energía porque solo hablaba de “temas de viejos”. De cómo estar a su lado le usurpaba la rebosante vida que ella destilaba porque se encontraba en la flor de la misma. No conozco a su madre y cabe la posibilidad de que sea un auténtico tormento, pero al desdeñar a la persona que le cambiaba los pañales, uno pierde toda su dignidad y fuerza en sus argumentos.

Giré la cabeza ligeramente y pude observar que en efecto, se trataba de una flor, pero más bien algo marchita, llena de potingues que no hacían más que evidenciar el infructuoso resultado de una lucha estéril contra el tiempo. Lo que no pude comprobar fue si el culpable de dicho deterioro era su progenitora o el hecho evidente de que a pesar de que vivía la fantasía de considerarse una adolescente eterna, se encontraba bastante más cerca de cumplir el medio siglo de vida que de lo primero. Me hubiese gustado intercambiar con ella puntos de vista divergentes y mostrarle que en mi opinión, la juventud se encuentra claramente sobrevalorada. Podría haberme metido en el papel del fantasma de la lozanía pasada y a modo del Cuento de Navidad de Charles Dickens, llevarla volando a su adolescencia real. Puede que entonces presenciáramos escenas protagonizadas por ella sentada en algún portal de una calle oscura, un sábado por la noche, con la cabeza entre las piernas, llorando y vomitando la última copa mientras una amiga la consolaba porque su novio prefería dar voces en un partido de fútbol que pasear románticamente junto al río. Quizá así podría atraerla hacia mi causa.

Quizá sea yo quien tenga sobrevalorada la vejez y al igual que ella busca cobijo en un pasado irrecuperable, yo espero un futuro que quizá no se de nunca, pero el caso es que la tercera edad me insufla energía y las residencias de ancianos, lejos de provocarme rechazo y pena, me reconfortan en cierto modo. Cada vez que veo una pareja octogenaria paseando, incluso les tengo cierta envidia por llegar ambos a dicha edad tan longeva y al igual que algunos obvian el acné y olor a sudor de la juventud en sus paseos nostálgicos, yo también me olvido de los achaques y la zozobra que debe provocar el darse cuenta de que el futuro, poco a poco, va dejando de existir, cuando se ha cumplido una cantidad considerable de años.

Tampoco me olvido nunca del respeto que la comunidad musulmana, tan vilipendiada en occidente, siente por sus mayores. Aquí, dicho respeto parece perdido gracias en parte a anuncios llenos de fotomontajes que esconden los desperfectos físicos que la vida nos ofrece, sin aceptar la gran verdad que una tía de mi madre pronunció hace muchos años: ¡La vida destroza! Pero el destrozo, el uso, se debe exclusivamente a procesos de oxidación, consecuencia de que respiramos. Detenerlo significaría dejar de respirar, la muerte, no la eterna juventud. Además, ¿de verdad a alguien le atraen las imágenes de caras de plástico sin expresión que tanto abundan?

Justo cuando iba a iniciar tan interesante conversación con mi vecina de butaca, comenzó la función y por respeto al resto de asistentes, nos trasladamos en silencio a otra época, protagonizada desde la sombra por Federico García Lorca.

Al día siguiente, como si se tratara de una macabra casualidad, mientras nos encontrábamos avanzando entre una fuerte ventisca por la montaña leonesa hacia la cumbre del Pico Tres Concejos, Noe recibió la pésima notica de que había fallecido César, el padre de nuestra amiga Marta. En aquel paisaje blanco, lleno de niebla y hielo, nos dimos cuenta de que ya no volveríamos a ver a aquel señor tan amable que en las pocas ocasionas que habíamos coincidido con él, tan gratos momentos nos hizo pasar.

Conocimos a César precisamente en una obra de teatro. No recuerdo cual, pero sí me acuerdo de que Marta nos preguntó si nos importaba que nos acompañara su padre. La verdad es que lo pasamos en grande con un profesor de León jubilado que hablaba de historia y literatura y que en el bar donde fuimos después, sacó un papel en el cual había escrito de puño y letra algo que no quería olvidar. Su conversación era pausada, algo que agradezco al no poder asimilar todo al vuelo y en ocasiones titubeaba, dándole tiempo a uno para recomponerse y buscar la palabra adecuada que responder.

Volvimos a coincidir en otras obras de teatro y cuando nuestros amigos nos comentaban que César se encontraba de visita en Asturias, la función en sí pasaba a segundo plano ya que lo más interesante vendría después del teatro, de camino a algún restaurante, avanzando tan lentamente que llegaba a incomodar a Marta, y ésta le regañaba de forma cariñosa.

Durante la cena, de algún modo quería replicar las tertulias que Marta nos contaba, organizadas por César cuando ella era pequeña. Me las imagino llenas de humo, literatura y seguramente política. En una época en que la política, por lo menos para los niños parecía un tema serio. Supongo que ahora incluso lo seres menudos se ríen de las payasadas que cometen nuestros gobernantes.

En una ocasión, coincidió que días antes de verlo habíamos visitado la catedral de León y conversamos sobre lo entusiasmado que había salido de la visita. Me sorprendía más que nada imaginar el modo en que una ciudad de apenas cinco mil habitantes había logrado una gesta tan descomunal como construir en el siglo X una catedral. Me hubiese encantado que la visita la hubiese liderado él en vez de una audio guía que recordaba a cuando Joaquín Phoenix conversaba por la calle con un sistema operativo informático en la película Her.

Otro día, tras visionar Fuenteovejuna, de Lope de Vega y a modo de innovación artística, la compañía se quedó en el escenario, dando la oportunidad a los espectadores de participar en un pequeño coloquio. Se formularon todo tipo de preguntas y/o comentarios, pero el único que recuerdo es el de César. Intervino micrófono en mano para sorprender a toda la concurrencia con una disquisición cuasi política acerca de la obra. En una primera lectura, se puede pensar que la obra justifica como en ocasiones los pueblos oprimidos han de levantarse y protegerse de sus tiranos tomando la ley por su mano si fuera preciso. Este fue el caso de la población cordobesa en la que “todos a una” mataron al Comendador de Calatrava porque este último quiso aprovecharse de la joven Laurencia, alegando el derecho de pernada del que al parecer disfrutaba. Una rebelión que terminó con final feliz gracias al perdón magnánimo de los Reyes Católicos. En lo que la obra no incide tan claramente, aunque tampoco lo esconde, es que en realidad el pueblo le hace un favor a los Reyes Católicos al eliminar a un enemigo suyo, creo que adepto de la famosa Juana la Beltraneja y además los reyes se ganaron el respeto de sus súbditos y cimentaron aun más su reinado. Es decir, que según César las intenciones de Lope de Vega no eran tanto defender al pueblo llano como apuntalar con su obra, mediante propaganda, al poder monárquico establecido, en su caso a Felipe II, bisnieto de los Reyes Católicos. Por cierto, aunque en España sigamos confundiendo propaganda con publicidad, no son lo mismo.

Los actores se quedaron algo sorprendidos y no supieron bien qué responder, ante las diatribas cuasi retóricas, pero seguro que después se acordarían de aquel afable señor con pelo cano que intervino para ir un poco más allá de: “lo habéis hecho muy bien”.

Los encuentros con César nunca fueron numerosos ni extensos, pero dejaron un gran poso y la sensación de no estar perdiendo el tiempo en su presencia. La pesadumbre por su partida resulta comparable a la que sufre Green Peace cuando desaparece alguna especie en peligro de extinción. Lamentablemente, no me sobran tantos personajes con los que realmente esté a gusto como para que no me apene de que una tempestad con forma de enfermedad arranque de cuajo los árboles de mi exiguo jardín.

Siendo sincero, me cuesta asimilar que lo que me alimenta, “las cosas de viejos”, para algunas personas sea considerado como residuo, y viceversa, pero puede que sea ésta la forma de mantener un equilibrio simbiótico en este sucedáneo de ecosistema que llamamos sociedad.

Un César dijo: Veni, vidi, vici, tras ganar la batalla de Zela. Otro César pudo haber dicho lo mismo cuando me conoció y se ganó mi respeto en un santiamén.

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