Reikiavik

El término gambito hace referencia a una jugada en el ajedrez en la cual se sacrifica una pieza al comienzo de la partida, generalmente un peón, para disfrutar de una posición más favorable. En política, se podría llamar un giro hacia la derecha, mientras que en la vida real, cabría esperar que en pos de un objetivo trascendental obviáramos penurias presentes para disfrutar de un futuro confortable. Muchas veces la futilidad del sacrificio queda patente y se observa como los huevos rotos se van pudriendo sin que nadie haya hecho una tortilla con ellos. Gambitos hueros: así se podrían denominar muchos sacrificios a los que hemos asistido recientemente en política económica, y así se podría designar mi relación con tantas cosas olvidadas, masticadas a medias sin digerir del todo. Siempre pensando que se debe a causas de fuerza mayor, pero al final, solo se percibe una niebla invisible que todo lo empapa: la pereza.

Hubo un tiempo en el cual incluso llegué a disfrutar jugando al ajedrez. Con mis amigos, invocábamos a genios como Capablanca o Ruy López sin conocer siquiera que uno era un cubano acomodado que vivió entre los siglos XIX y XX y el otro, un humanista perteneciente a la España del siglo XVI. Para nosotros, parecía verosímil que ambos maestros se hubieran enfrentado en un campeonato aunque les separaran unos cuantos siglos. Sólo gracias a las monstruosas y virtuales recreaciones actuales se podría intentar simular semejante barbaridad a lo Alien vs. Predator.

Cuando empecé la universidad, abandoné mi efímera afición, pensando que así estudiaría más, al igual que cuando empecé la educación secundaria dejé la natación, pensando que haría otros deportes. Al igual que en la actualidad, uno intenta ahorrar, pensando en una futura vejez que quizá nunca llegue.

Aunque nunca pude considerarme un jugador de ajedrez, ni siquiera aficionado, me resulta curioso pensar como un juego de mesa puede acotar tan bien las pasiones humanas de todo tipo, desde la violencia, el ego, el honor, la precipitación, la valentía y el poder de la autoestima sin concesiones.

A veces, dicho juego traspasa el tablero y se convierte en un simulacro de la tercera guerra mundial, tal y como ocurrió durante la final del campeonato del mundo entre Bobby Fischer y Boris Spassky en 1972 en Reikiavik. Un choque de titanes en toda regla, al igual que otros muy conocidos e incluso vigentes, como el enfrentamiento entre religiones.

Durante la edad media, el islam y el cristianismo representaban las dos formas hegemónicas de ver la existencia y cruentas batallas dieron buena cuenta de ello a lo largo de los siglos. ¿Qué hubiera pasado si en lugar de cruzar la espada con el alfanje se hubieran intercambiado miradas frente a un tablero?

Rodrigo, rey visigodo hispánico, en vez de enojar al duque de Ceuta, Don Julián, al violar a su hija Florinda, propiciando así que éste ayudara al Califa Muza para desembarcar en Gibraltar y comenzar la invasión ibérica, podría haber sacrificado un peón, en vez de una necesitada torre. Sin embargo, parece poco probable, que dichas pasiones se dirimieran frente a un tablero tan digno, en tanto y cuanto que para los ismaelitas, los visigodos no eran más que unos asnos salvajes. Animales que inicialmente perdieron la primera partida en la batalla de Guadalete y no fue hasta setecientos años después que se pudo dar por terminado el envite en Granada. Confiemos en que nunca más se vuelvan a retomar dichas partidas ibéricas.

Aunque el siglo XX fuera uno de los más violentos de la historia, la humanidad algo aprendió y después de la segunda guerra mundial no se ha vuelto a ver un gran choque de placas tectónicas, solo simulacros caballerosos como las partidas jugadas entre Bobby Fischer y Boris Spassky.

Fischer, analítico hasta límites paranoicos, llegaba al campeonato de Reikiavik sin apoyos, sin dinero, sin un método claro de entrenamiento, porque en el país de la opulencia y desenfreno pasaba desapercibido. A nadie le interesaba el ajedrez, habiendo distracciones más divertidas como el beisbol o el rock n’ roll. En cambio Spassky, vividor y mujeriego, vivía el derroche que sus conciudadanos no se podían permitir. Una estrella mediática elevada a héroe nacional que disfrutaba de todo el apoyo burocrático y de una maquinaria engrasada con una precisión de reloj suizo que llevaba décadas en la cumbre. Para la Unión Soviética, el ajedrez, al igual que otros deportes, representaba mucho más que un juego. La supremacía en dicha disciplina suponía la base para toda una campaña propagandística que mantenía un estatus quo poderoso, al igual que frágil, tal y como se vio más adelante.

Resulta curioso observar como se manifestaban ciertas contradicciones en ambos maestros de ajedrez. El pobre capitalista que se enfrenta al rico comunista, el analítico anárquico que ese enfrenta al vividor minucioso.

Spassky bien podría representar a la gauche caviar más recalcitrante. Llevaba una vida privilegiada amparada por un régimen que en teoría pregonaba todo lo contrario, pero que con el tiempo se convirtió en lo que deriva cualquier ideología, por muy bien intencionada que sea, en una oligarquía en la cual unos pocos prevalecen sobre la masa.

En el caso de Fischer, queda en evidencia que el mercado no debería regularlo todo, ya que de hacerlo, se corre el peligro de perder lo que no se pueda vender a discreción. Disciplinas como el ajedrez, muy valiosas en cuanto a la formación intelectual de las personas no siempre se van a salvar porque un genio consiguiera llegar a la final de un campeonato dominado durante décadas por la constancia soviética. En 1972, todo padre de familia estadounidense buscaba tener en su casa a un Bobby Fischer. De pronto, la mayoría se apuntó al caballo ganador y los Estados Unidos de América dispusieron de nuevo de un héroe de origen humilde hecho a sí mismo. Héroe que casi avergüenza a todo un país y que tuvo que ser persuadido por el propio Henry Kissinger, secretario de estado estadounidense de la época, de que finalmente se presentara a la final de Reikiavik.

Como buena obra dramática, ambos protagonistas terminaron denostados. La Unión Soviética nunca perdonó a Spassky que finalmente perdiera frente a Fischer en la final del campeonato mundial y los Estados Unidos de América tampoco indultaron a Fischer por jugar una última partida de ajedrez con su enemigo íntimo en los Balcanes, durante el bochornoso conflicto que se produjo a finales del siglo XX en Europa.

Spassky se refugió en Francia y se nacionalizó galo, mientras que Islandia, en un alarde de nostalgia por poner su capital en el mapa, acogió a un perseguido Bobby Fischer que murió de cirrosis poco después.

Triste final para un paranoico que vivía por y para un juego calificado metafóricamente como el mas violento del mundo. Gran obra de teatro la que se ha sacado de la manga Juan Mayorga y que ha titulado: Reikiavik.

 

 

 

 

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