Cuando todo está perdido

Hace ya algunos años, una película muda se alzó con varios premios Óscar y en Cataluña, otra cinta sin palabras se erigió ganadora del cuasi cómico galardón a la mejor película en habla catalana. En ambas propuestas, la falta de diálogos se debía a una licencia artística, a una restricción autoimpuesta por el director o quizá como guiño nostálgico a los albores del cine, ya que los diferentes personajes sí interactuaban entre sí. Se comunicaban y resolvían sus conflictos, parte intrínseca y fundamental de cualquier historia, la resolución de algún problema planteado.

Lo que no recuerdo tan fácilmente es una propuesta en la que la falta de diálogos no se deba a una incapacidad técnica, auto restricción o exigencia del guión, sino a la ausencia de un personaje secundario que pueda responder al personaje principal en la resolución de sus cuitas. Seguramente habrá cientos de películas experimentales que se atrevan a tal temeridad, pero me temo que no dispongo de tanta paciencia para visionarlas. El riesgo que se corre me parece enorme. ¿Cómo mantener la atención del espectador durante más de hora y media sin comunicación verbal alguna? Porque incluso en Johnny Cogió su Fusil, a partir de una voz en off se pueden escuchar los pensamientos de un herido de guerra que queda postrado en una cama sin poderse comunicar con el mundo exterior, aislado, como un ordenador sin conexión a internet, sin teclado, sin pantalla.

En efecto, el peligro resulta mayúsculo, pero en mi opinión alguna vez merece la pena arriesgarse. Cuando todo está perdido termina siendo una película más que aceptable, creo que infravalorada incluso en Filmaffinity y con una carga simbólica muy fuerte, a la par que sutil. Más de noventa minutos sin diálogos salvo una brevísima introducción inicial que en realidad hasta sobra, y un desolado “Fuck” a lo largo del metraje.

El argumento se puede resumir en una frase. Un hombre entrado en años sufre un accidente en su velero mientras navega en solitario a lo largo del océano Índico e intenta sobrevivir a toda costa.

Un gran Robert Redford encarna a un marino quizá poco experto para la travesía elegida, lo que resume muy bien la falta de respeto que se tiene hoy en día por la naturaleza. No solo en cuestiones ecológicas, sino que muchas veces no se valora adecuadamente la implacabilidad de la misma.

Creo que el bombardeo constante de las gestas personales de individuos muy solventes en los medios de comunicación ha lanzado a mucha gente a emularlos sin una adecuada preparación. En una foto o en ciento cincuenta caracteres parece imposible resumir años de preparación. En mi opinión, esta falta de respeto se encuentra unida a la próxima gran burbuja de occidente que queda por explosionar, la del ego.

La película también representa muy bien lo absurdo que puede llegar a ser el desarrollo económico y social basado en el consumo. Deja entrever el conflicto entre la soledad del individuo frente a una sociedad tanto virtual como real, aparentemente homogénea, que como el agua siempre acaba adaptándose al medio y engullendo cualquier cuerpo extraño. Sin embargo, el fuerte instinto de supervivencia prevalece y por muy tentador que parezca dejarse hundir, siempre intenta uno mantenerse a flote. Nada que no se haya tratado antes, pero pocas veces se ha sido tan contundente sin palabra alguna, con tanta austeridad.

Las similitudes por ejemplo con El Viejo y el Mar parecen claras, pero si bien en aquella novela se nos presentaba al personaje, su entorno y sus recuerdos, en este caso, del héroe no se conoce absolutamente nada, ni siquiera su nombre. Aun así el protagonista no queda desdibujado del todo. Su presencia sí puede resultar algo fría, y quizá éste sea el mayor defecto de la película y la razón por la cual su repercusión no haya sido mayor.

Una fotografía real, simbólica, bonita, con pocos efectos especiales digitales y sin bruscos movimientos de cámara gustará tanto a los que se sientan y no se sientan navegantes. Sin ser experto en la materia, ni mucho menos, salvo en contadas ocasiones, la verosimilitud de lo ocurrido parece bastante aceptable, aunque seguramente tendrá fallos técnicos que yo no aprecié.

La banda sonora encaja y el final casi cerrado deja un hilillo de esperanza para los optimistas, tanto religiosos como no religiosos.

En definitiva, me parece una película original y que merece la pena. Además se puede ver tranquilamente, sin prestar una atención desmesurada, sin miedo a perderse alguna frase clave. ¿Qué más se le puede pedir?

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