Komala (Vizcaya)

Todos tenemos nuestro Comala particular. Juan Rulfo le dio su significado original en la novela Pedro Páramo, pero prefiero la metáfora cantada por Joaquín Sabina muchos años después. Se trata de aquel lugar en el cual uno fue feliz y al que no debería volver, pero el morbo siempre gana y a las primeras de cambio, intentamos regresar a donde ya no pertenecemos.

Porque lo que vemos en Comala, al igual que los astros del firmamento, ya no existe, murió tiempo atrás, quedando solo proyecciones que como mucho, pueden inspirar algún relato. Mi Comala de hoy se llama Laukariz.

A finales de los años setenta y principios de los ochenta del siglo XX, parte de la burguesía vizcaína decidió abandonar el salitre de Getxo y el humo de Bilbao para construir una urbanización residencial en el interior de Vizcaya, en plena naturaleza, en el municipio de Munguía. Desconozco si fue un intento de escapar del entorno agresivo que suponen las urbes hacia un beatus ille edulcorado. La realidad es que ni Bilbao se asemeja tanto al asfixiante y contaminado Londres victoriano que retrataba Charles Dickens, ni una urbanización con aceras e iluminación artificial se puede considerar como la quintaesencia campestre.

Mis padres, aunque en realidad nunca se salieron de los carriles marcados por su entorno, siempre han coqueteado con sus límites, testando de forma sutil las resistencias existentes. Sí, se casaron por la iglesia, con pedida de mano tradicional incluida, pero en vez de regalarse una sortija y un reloj, tal y como marcaban los cánones, mi abuelo materno, a modo de dote, obsequió a mi padre con un barco de vela ligera modelo Topper. Embarcación que luego mi progenitor colocaba sobre la baca de un pequeño vehículo utilitario para desplazarse hasta alcanzar cualquier masa acuosa con una brizna de viento. Tal maniobra automovilística hoy en día se consideraría temeraria y de poco valdría colocar un trapo rojo en los extremos del mástil, que sobresalía unos cuantos metros por delante y detrás del diminuto coche.

Supongo que a mi abuelo Saturnino, hombre grueso y de costumbres tradicionales, oriundo de Erandio, forjado por una guerra civil con posterior dictadura, no le quedó más remedio que acostumbrarse de golpe a lo que él consideraría como las extravagancias de sus yernos. Al fin y al cabo, se trataba de un cambio más en una España que pasó del velo al destape.

En su día, mi abuelo no pudo comprender por qué mi tío Miguel dejó un puesto prometedor en la antigua Iberduero para seguir su vocación investigadora / docente, y embarcó a su primogénita y primeros nietos en una aventura santanderina que en su momento parecía mucho más inestable, pero que resultó ser un éxito en muchos sentidos. Hoy en día, el puesto de prestigio sería el de catedrático que perseguía en su día mi tío y el disparate consistiría en dejarlo para tratar de triunfar en la vida siendo youtuber. Aunque parezca mentira y todo lo que escribo suele insinuar lo contrario, me considero un ferviente creyente de que el mundo, en general, va a mejor.

Supongo que Saturnino tampoco digeriría demasiado bien que mi padre se propusiera llevar a mi madre a vivir a una casa de madera, sin teléfono, sin televisión, aunque ésta se situara en la naturaleza domesticada que suponía Laukariz. Le sonaría a sueño hippie y pensaría que su nieto, El Lejonés, o sea yo, crecería salvaje, con flores en la cabeza mientras todos cantábamos con una guitarra al son de una hoguera tras rebautizarme como Nilo o Nervión, que queda más autóctono. Eso sí, me imagino que en el fondo, mi abuelo sabía que sus hijas no se habían casado con unos díscolos sin remedio.

Calles serpenteantes y laberínticas recorrían bosques de eucaliptos que marchitaban un suelo arcilloso ocre con escarpadas pendientes. Mucho antes de consolidarse como apuesta urbanización, el barro plástico brotaba de cada parcela aún sin edificar. El cableado de iluminación se escapaba por arquetas sin terminar y las esperas de acero aguardaban ser bañadas con hormigón y concluir así unos domicilios a medio construir, algunos de los cuales bordeaban una laguna que también parecía medio en obras.

 La vivienda se situaba en un alto, en la calle Lobazpi, que tras dos curvas terminaba en una glorieta a modo de cul de sac. Constaba de una única planta con amplios ventanales que daba a un jardín limitado por una masa arbórea austral que en los días de viento cubría la parcela con un manto de eucalipto. Mi madre utilizaba dichas hojas para apaciguar los problemas respiratorios de mi hermana Ana a base de baños de vaho y que tanto desazón me producían, porque verla ahogarse suponía una de las sensaciones más angustiosas de mi infancia. Cada dosis del broncodilatador Ventolín siempre iba acompañada de su porción de zarzuela cantada por mi madre: “Ventolín, Ventolín, se quería casar y quería vivir a la orilla del mar….”. Quizá por asociarla con el asma infantil ya curado de mi hermana, nunca me ha atraído demasiado dicho espectáculo tan castizo.

No había rastro de ladrillos, morteros, enlucidos o carpintería de aluminio, salvo en el garaje, construido a posteriori y que actuaba como elemento o cuerpo extraño que la madera intentaba rechazar o esconder. Las vigas maestras, las paredes, el tejado y hasta los marcos de las ventanas los conformaban listones de pino barnizados, inspirándose en las viviendas típicas nórdicas, pero en vez de en Bergen, todo transcurría en la Euskadi profunda.

Y el trasiego no era despreciable, ya que a propios y extraños les interesó aquella casa tan peculiar. Los desconocidos más tímidos paraban sus coches y cual acosadores observaban lo que buenamente podían. Sin embargo, los más atrevidos pedían a mis padres una visita guiada y se sorprendían cuando comprobaban que incluso los inodoros disponían de cisternas en los cuartos de baño. De tanta gente extrañada que pasaba unos instantes por nuestra vidas, mi hermana Ana y yo solo esperábamos que mi madre sirviera café después del recorrido y sacara a relucir el surtido de galletas de Cuétara, reservado siempre para los invitados. Solo de este modo podíamos acceder impunemente a los alimentos prohibidos.

El Arquitecto que diseñó la casa se llamaba Salva y me recordaba en lo físico a Félix Rodríguez de la Fuente. Nos dejó una carpeta naranja con los planos de las obras y creo recordar que también incluía un reportaje fotográfico de la evolución de las mismas, hecho durante las visitas periódicas durante los fines de semana.

Mi madre guarda todo aquello como si fuera un incunable, incluido un catalogo que confeccionó mi padre de su puño y letra describiendo todas las bondades de la vivienda años después, cuando la quisieron poner a la venta.

En las hojas acartonadas por el tiempo y cosidas por la mitad con hilo marrón para formar un pequeño libro, salíamos mi hermana y yo en fotos adheridas al papel, sonriendo y dibujando en el jardín. Aparecíamos los dos entre una letra cursiva limpia y clara, imposible de reproducir hoy en día por mi parte porque ya se me ha olvidado cómo se escribe con un bolígrafo. Reconozco que un neo analfabetismo se ha apoderado de mí. Hasta hace no mucho, hubo un periodo de transición en el cual por lo menos firmaba los recibos de mi tarjeta de crédito con cada compra, pero desde que me llegó una nueva con tecnología contactless, ya ni siquiera eso. Mi firma se ha convertido en un número pin de cuatro cifras. En realidad, cada transacción ahora resulta mucho más cómoda, ya que el vendedor no debe buscar un bolígrafo que no pinta y no hace falta aplanar el trozo de papel térmico indómito para estampar un garabato que en realidad se ha convertido en anacrónico. Todo mejora, pero algo perdemos a cambio, como el ganadero que ya no tiene que ordeñar sus vacas todas las mañanas porque puede comprar leche en tetabrick y solo a veces es capaz de recordar el fuerte sabor de las natas del pasado.

Al leer el relato de venta más de treinta años después, resultó extraño comparar mis recuerdos de niño con una realidad adulta mucho más atinada que describía mi padre e intercalada con poesías escritas por mi madre. Sin querer, a modo de amalgama, puede que a la hora de escribir entremezcle la estructura ordenada de mi padre con la fantasía de mi madre. Quizá no pueda eludir mi genética y se palpe en todo lo que relato. El súmmun sería volver a revivir los recuerdos, pero de adulto, para mezclarlo y complicarlo todo un poco más, como una espiral que se revuelve en sí misma.

Volviendo al tema que nos ocupa, tal fue nuestra ansia por estrenar la casa que no esperamos lo suficiente a que secaran las manos de xyladecor, así que los efluvios provenientes de la madera recién barnizada produjeron un picor de ojos a toda la familia que a punto estuvo de ulcerar nuestras retinas.

Supongo que mi abuelo materno esperaría a que el barniz se secara para visitar la casa de los tres cerditos, tal y como la llamaba, y se tranquilizaría al ver que en realidad disponía de cocina completa, de cuartos de baño, un salón confortable y estancias individuales para dormir. Asumiría sin darle mayor importancia la sutil excentricidad de que fuera entera de madera. Puede que incluso le llegara a gustar con el paso del tiempo, pero lamentablemente una tarde de agosto, poco después de mudarnos, avisaron a mi madre de que Saturnino había muerto durante unas vacaciones en Calafell. Pocos días antes, su médico le había asegurado que se encontraba perfectamente, sin embargo cayó fulminado con la aorta quebrada, sin darse cuenta de que la vida se le había escapado, sin sufrimiento, sin conocer las consecuencias del sobrepeso, de las opíparas comidas, del sedentarismo. Una ignorancia fruto de su tiempo, la de una generación que pensaba, entre otras cosas, que fumar era maravilloso. En aquel momento, mi padre pensó que mi abuelo falleció muy joven, sin percatarse todavía de que él moriría con siete años menos, tras llevar una vida llena de deporte y actividad incesante. De nuevo, el desconocer su destino le evitó más de un cuarto de siglo de zozobra. Yo sospecho el mío, pero mantengo la esperanza de que mi miedo al cáncer sea tan efectivo como el de Woody Allen.

Mi habitación no era muy espaciosa, pero al situarse en la primera y única planta, uno podía salir y entrar por la ventana si la ocasión lo requiriese. No disponía de cama para dormir sino de algo mucho más atractivo para un niño. Con objeto de ahorrar espacio, al visionario arquitecto se le ocurrió diseñar sendos altillos para mi hermana Ana y para mí, a los cuales se accedía por unas escaleras de madera. En ellos, un colchón a modo de futón y un saco de dormir nos esperaban todas las noches, simulando una casa en el árbol permanente, muy a gusto de los infantes.

Las paredes expelían resina en verano, la cual manchaba el poster del flamante campeón de liga y cuya alienación me sabía de memoria. Pero la afición al fútbol por mi parte no duraría mucho, quedando también atrás, como Comala. Los Zubizarreta, Urquiaga, Goikoetxea, Liceranzu, Urtibi, Argote y Sarabia permanecen en mi memoria, estáticos, clavados con chinchetas, disecados, como las mariposas que coleccionan algunos entomólogos.

Para el recuerdo queda la patada de Maradona a Sola una vez finalizada la final de Copa de 1984. Acción algo cobarde si se tiene en cuenta que quien le había roto el tobillo izquierdo al astro argentino meses antes fue Goikoetxea, pero éste ultimo medía casi veinte centímetros más que el menudo Sola.

Unas navidades, mi padre y mi tío Miguel nos llevaron a Lezama, ciudad deportiva del Athletic Club de Bilbao. Pensábamos llenar de autógrafos nuestros cuadernos, pero al llegar allí nos encontramos con un erial futbolístico gracias al parón navideño que solo la hermana gemela de mi abuela supo adivinar, mientras se apenaba de nosotros como quien conoce el destino de las reses que van camino del matadero. Lejos de desanimarse, mi primo Miguel me ayudó a subir por un muro y jugamos un rato en el campo de entrenamiento de los leones, hasta que algún operario vino a preguntar que demonios estábamos haciendo allí. Al parecer yo no paraba de llorar al encajar demasiados goles en la posición de cancerbero, con unas porterías de tamaño infinito a mi entender.

En cambio, otras filias sí fructificaron y persisten hasta hoy. Los primeros recuerdos que tengo de los Beatles y Bob Dylan provienen de la guitarra y los discos de mi padre que amenizaban las noches invernales delante de una estufa de leña que calentaba toda la casa. Parece como si los augurios bohemios de mi abuelo se estuvieran cumpliendo, pero quien conoció a mi padre sabe que mis relatos pintan lo que en realidad nunca ocurrió, pero sin mentir lo más mínimo.

Los únicos vecinos cercanos que compartían con nosotros el alto más apartado de la urbanización, alejado de todo, eran los Guerra San Martín. Se trataba de dos hermanos con sus respectivas familias, uno médico y el otro dueño de un negocio de juguetes en Bilbao. Ambos eran propietarios de sendos chalets con jardines diseñados por expertos paisajistas. Nuestra casa parecía una chalupa que merodeaba a dos trasatlánticos de lujo. Se les veía poco, siempre encerrados tras su muros, en sus piscinas y rodeados de privacidad y personal a su servicio. Mientras mi madre plantaba margaritas y cuidaba de su jardín, la apuesta vecina sostenía: “¡tú sí que sabes de jardinería y no yo!”, mezclando hábilmente verdades con condescendencia a partes iguales.

Alguna vez visitamos su tienda en Bilbao y mientras mi padre saludaba a nuestro vecino, yo albergaba la esperanza de que nos regalara algún juguete, aunque solo fuera en compensación por el miedo que nos hacían pasar a mi hermana y a mi cada vez que se escapaban sus feroces perros Dóberman. Quiero pensar que se trataba de un descuido y que no se encontraban detrás de las cortinas riéndose mientras unos niños corrían medio llorando hasta cobijarse detrás de la valla que rodeaba nuestra casa.

Pensándolo mejor, quizá mi padre no fuera a saludar a los Guerra San Martín sino a recriminarles la conducta de sus canes. En vez de correr, como solíamos hacer mi hermana y yo, un día que se les cruzaron a mi tío Miguel y a él, se quedó quieto, siguiendo el consejo de su cuñado y puede que terminara con la mano averiada por algún que otro posible mordisco.

Los vecinos nunca nos indemnizaron por tal trauma crónico. De las visitas a Bilbao, tras cruzar el puente de Deusto y dejar atrás la subida de Enekuri hasta perdernos por las carreteras de Derio que conducían a Laukariz, solo nos llevábamos aquella pesadumbre gris que transmitía una ciudad en la que efervescía un submundo lleno de drogas, política, kale borroka y música punk, tan bien retratado en películas como El Pico, de Eloy de la Iglesia. Ambientes a los cuales, como es natural, no fui expuesto y solo imaginé muchos años después viendo la cinta y comprobando que la mayoría del personal que trabajó en la misma murió por sobredosis de heroína.

Porque de niño, las pintadas a favor del estatuto vasco, ikurriña o reivindicaciones independentistas, pasaban por mis ojos desde la ventanilla trasera de un coche con la misma indolencia que las miserias humanas cruzan las almas de las vacas a nuestro paso. No comprendía a los que se postulaban a favor o en contra, solo me importaba el tamaño de la carolina, pastel bilbaíno de merengue cubierto con chocolate y yema de huevo, que me pudieran comprar mis padres ese día.

Ajeno a los lamentables años del plomo, memorizaba sin querer el olor a madera recién cortada y bebía agua del grifo que yo pensaba que sabía a lápiz. Al repetirse ambas sensaciones siempre me retrotraen a los días después de llover del primer lustro de los años ochenta, en los cuales los caces de las aceras servían de corrientes por donde surcaban barcos de papel o balsas de madera con velamen de hojas de eucalipto.

Cuando nos visitaban mis primos Ramón y Miguel con sus sofisticados juguetes en forma de navajas suizas y lupas que servían para agujerear la hojarasca seca, todo parecía reverdecer. El tedió que tanto añoro ahora se transformaba en todo tipo de juegos e influencias vanguardistas.

Hasta que Ramón tuvo un día una epifanía y sentenció que el impresentable de Ronald Reagan lanzaría la bomba de neutrones y huiría en una nave espacial con sus más allegados, yo ni sabía de quien estaba hablando. Solo imaginaba un absurdo cohete lleno de gente, ganadora de la batalla más pírrica que jamás se podría librar en este mundo, alejándose hacia la nada, para fundar una civilización que pronto se daría cuenta de los problemas que trae consigo la endogamia y la consanguineidad. Todo parecía indicar que tales propósitos no tendrían mucho recorrido y que una vez pulsado el botón nuclear de destrucción total, la extinción, incluso de ellos mismos, podría producirse por motivos genéticos, asolados por todo tipo de enfermedades causadas por la acumulación de genes recesivos.

Tampoco conocía quien era Mijaíl Gorbachov cuando Miguel se pedía su personaje a la hora de jugar al Risk y desplegaba sus fichas por una Siberia roja que se unía con occidente por la trastienda, entre bambalinas, por el estrecho de Bering, por donde se dice que llegaron los primeros pobladores del continente americano. El lugar donde se tocan y unen dos extremos históricamente opuestos.

Atravesar el tejado de un lado a otro con los arcos y flechas fabricadas con los cuchillos de mis primos fue toda una proeza que seguramente mi madre notaría porque sus hortensias color malva sufrieron una lluvia de saetas desiguales, alguna de las cuales se perdería entre las tejas de pizarra que tanto calor aportaban en verano a la vivienda.

Un buen día, a mi padre le regalaron una escopeta de perdigones. Desconozco a qué se debió dicha dádiva porque nunca mostró interés alguno por nada relacionado con las armas, la caza, o costumbres primitivas similares. Quizá algún amigo gracioso pensó que lo que le faltaba a dicha casa de la pradera era una mecedora y una escopeta, empezando por comprarle a mi padre lo segundo. Más acertado estuvo quien le regaló un reloj de cuco, cuyas agujas horarias debían ser manipuladas para no esperar demasiado a la alegre y fugaz compañía de un cursi pajarito artificial.

De vez en cuando, mi padre ponía alguna botella de cerveza en lo alto de valla y disparábamos sin dar nunca en el blanco. Solo él acertaba y los cristales translucidos marrones estallaban, dispersándose por la maleza que rodeaba la vivienda. Sin querer, en una ocasión alcanzó un gorrión y lejos de alegrarse por la pieza cazada, lo vi muy apenado. No pronunció palabra alguna y lo enterró en el jardín. Yo de aquella ni siquiera había comprendido muy bien lo sucedido. La muerte no se asume de la misma forma de niño, cuando todo parece un eterno juego, que de adulto, al tornase ésta irreversible. Supongo que lo que se pierde en naturalidad con el paso de los años se gana en tolerancia y clemencia.

Al igual que los chiquillos después de ver una película nos pasábamos días enteros emulando a los personajes principales, mi padre debió recordar tal costumbre infantil tras visionar El Resplandor y un día quiso hacerse pasar por un perturbado Jack Nicholson. Es la única explicación que encuentro para que una tarde termináramos corriendo mi primo Miguel y yo alrededor de la casa con mi padre persiguiéndonos, pensando para sus adentros “¡Aquí está Johnny!” y fingiendo que nos pegaba tiros con la escopeta de marras. En el fondo, sabíamos que se trataba de una broma y también nos reíamos, pero con esa risa tonta un poco adrenalínica que le entra a uno cuando no sabe muy bien qué es lo que ocurre.

Ya me imagino a los Guerra San Martín disfrutando también del espectáculo detrás de sus cortinas mientras acariciaban a sus perros, susurrándoles al oído, “hoy podéis descansar, pequeños.”

La venganza se sirvió en plato frío y pasado el alboroto, por si acaso la persecución no había sido fruto de un juego de mal gusto, saboteamos la escopeta incrustando piedras en el cañón, dejando el arma inutilizable para futuras cacerías humanas.

El teléfono público más cercano se encontraba a cuatro kilómetros de distancia, algo impensable a día de hoy que mandamos mensajes interoceánicos incluso desde el baño. La falta del mismo se hizo notar especialmente en agosto de 1983, cuando el cielo se hizo agua e inundó Bilbao y sus alrededores. La lluvia caía con tanta fuerza que a mi madre le costó llegar a la cabina de teléfono con nuestro Seat 600 y pedir a su hermano Lolo que nos viniera a rescatar. Nos habíamos quedado sin luz y mi padre se encontraba con su hermano Julio navegando por el mar Cantábrico. Ni teníamos linternas, ni velas, solo la pequeña bombilla del tocador de juguete de mi hermana Ana que funcionaba a pilas y nos sirvió para alejar mínimamente la oscuridad de la habitación de mis padres. Dicha noche dormimos los tres juntos, mientras el viento y lluvia azotaban las ventanas, temiendo quedarnos medio huérfanos. Al fin y al cabo, el temor fue en cierto modo psicológico ya que vivíamos en un alto y un barco no parece el peor de los sitios para pasar unas inundaciones, pero nos quedamos tranquilos cuando nos trasladamos al piso de mis tíos en Fadura, zona conocida por ser propensa a las inundaciones. Así de bien funciona la percepción humana de los peligros que nos acechan.

En realidad vivimos pocos años en Laukariz debido a que a mi padre lo trasladaron por trabajo a Vitoria, para luego recalar en Nueva York, pero cundieron como una vida entera.

Ya en la capital alavesa, volvíamos los fines de semana y durante las vacaciones de verano a lo que muchos considerarían una cabaña. En ella saqué mis primeras fotos borrosas con cabezas cortadas, utilizando alguna cámara que me regalaron por la primera comunión y durante el verano de 1984 balanceaba a mi recién nacida hermana Lucía. Un nuevo gran miedo infantil se apoderó de mi y no era otro que Lucía tuviera algún retraso mental, porque había oído hablar de ello en televisión algunos días antes en Vitoria, o fruto de alguna disquisición con mis primos sobre tramas geopolíticas intergalácticas. La realidad demostró mucho después mi error en el diagnóstico, ya que Lucía, lejos de mostrar taras, se convirtió en la más espabilada de los tres hermanos. De pequeño a sufrimientos inútiles pocos me ganaban.

A pesar de todos los miedos, los recuerdos siempre pulen las aristas cual ansiolítico y se terminan por convertirse en piezas de museo guardadas en el sótano de nuestra mente.

Finalmente, la casa fue vendida y cada vez que volvíamos, ya como morbosos visitantes, un nuevo anexo la iba cubriendo hasta llegar un momento en el que la estructura original de madera quedó enterrada en vida, sin dejar rastro de la vivienda más original de aquella urbanización. Los eucaliptos circundantes se talaron para construir nuevas viviendas y una fuente de piedra, algo hortera presidía una parcela que ya nada tenía que ver con lo que yo había vivido.

Lo dicho, no conviene volver nunca a Comala porque siempre acaba decepcionando, pero siempre lo hacemos, al igual que los mosquitos que se acercan inevitablemente durante las noches de verano a una muerte eléctrica azulada que cuelga del techo.

Por lo menos, de realizar viajes con sobresaltos, que sea acompañado de esta poesía que escribió mi madre el 12 de noviembre de 1981:

Eras tronco y conducías la savia a las hojas, dividiéndote en ramas.

Eras un árbol, dando frutos.

Ahora eres casa, hogar caliente y transpiras por tus poros, corcho de células vivas, nuestro vivir, dándolo al aire.

Te vistieron de nudos, clara, fabricaron con sus manos tus paredes, una a una, hasta crearte.

Te abrieron ventanas a la calle, a la gente ruidosa, para no sentirte sola.

Reposas tu gran cuerpo en la tierra misma, besándola, sin raíces y él respira y se hincha, lleno de humedad, vivo.

Guardas en tus muros la historia, anillos grabados por el tiempo, que los estiras, longitudinales, formando tus venas.

Aguantas vendavales y la lluvia, patina el agua por tu sombrero de charol negro, dejándola caer en la tierra.

Tus vigas se dejan unir, entrelazándose, para crear una cúpula de nervios en lo alto.

El sol calienta tu piel, dorándola y penetra, fabricando con su luz espacios nuevos que recuerdan a tiempos pasados, a cuento de niños, a bosques fantásticos.

Conserva tu frescura, siempre viva, que no matemos los hombres, tu corazón de sales.

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