De qué hablo cuando hablo de viajar en tren: Prólogo castellano

Se puede decir que vivo por encima de mis posibilidades, por lo menos culturalmente hablando. No hay mas que ver el nombre de mi blog, que proviene de un libro de Iván Turguenev que leí por vergüenza meses después de usurpar su título, gracias a una bonita edición con ilustraciones en acuarela que me regaló la que me agita a mi pesar.

Porque mi naturaleza no es otra que precipitar hasta el fondo del vaso, como el azúcar que no encuentra su lugar en una solución acuosa saturada y necesita que la revuelvan para mantenerse a flote.

Tampoco había visitado Japón cuando afirmé que podría ser mi país favorito, aunque en aquella ocasión admití mi felonía.

Algunos incautos todavía imaginan que las deudas contraídas deberían pagarse, así que una vez visitado el país del sol naciente, puedo opinar con autoridad suficiente, la que le da a uno ser turista, la que se encuentra llena de tópicos y superficialidades, pero no importa porque todos somos iguales. ‘Qué importa ser poeta o ser basura’, cantaba un trovador extremeño. Eso sí, me temo que he contraído un nuevo compromiso. Parece que tendré que leer el libro de Haruki Murakami que explica su visión sobre aquel deporte que consiste en correr. Todo se debe a un nuevo hurto cometido a la hora de titular este relato.

En los años noventa del siglo XX, cuando Japón estaba a punto de encontrarse de bruces con su bendito estancamiento económico, en Europa se puso de moda entre los jóvenes comprarse un pase que les permitía utilizar la vasta red ferroviaria para deambular por el continente a modo de boho, boho-chic, o mejor dicho: boho-check, porque lejos de viajar como un polizón bohemio en el vagón de carga, el Interrail resultaba extremadamente caro. El romanticismo, como casi todo, también se paga.

Ya sea por dinero o vagancia, nunca viajé en tren por Europa y me tuve que conformar con ver la película Antes del Amanecer, en la cual un veinteañero Ethan Hawke se encontraba finalizando su periplo ferroviario por el viejo continente antes de volver a Estados Unidos y casualmente se tropieza en un vagón con la joven Julie Delpy. Ambos entablan una conversación que acaba por durar una noche entera, mientras la cámara les sigue por las calles de Viena. Sin más recursos, el director Richard Linklater comienza una de mis trilogías favoritas del cine: Antes del Amanecer, Antes del Atardecer y Antes del Anochecer.

En la primera entrega, con veinte años, todo parece posible y cuando finaliza, ambos acuerdan quedar un año después en el mismo lugar en el que se despidieron. En la segunda parte, se desvela que nunca llegaron a acudir a la cita, pero se encuentran de nuevo una tarde de primavera en París diez años después. Con treinta años, las primeras amarguras comienzan a aflorar, como los inoportunos cadáveres que vuelven a la orilla tras intentar hundirlos para siempre después de un ajuste de cuentas. De nuevo, la película consiste en una eterna conversación, esta vez por las calles de la capital francesa. Siempre escoltados por una cámara, un final cuasi cerrado sugiere que por fin se consumará el emparejamiento entre ambos protagonistas. Diez años más transcurren antes de la tercera entrega, en la cual ya como pareja con hijos, pasan unas vacaciones en Grecia. Los rencores y sinsabores ya son incontenibles. Es decir, ya han cumplido cuarenta años y el desgaste parece más que notable.

Está claro que la trilogía de referencia no se recordará como una de las grandes obras maestras del cine, pero cada entrega siempre me ha llegado en el momento oportuno, a modo de advertencia de lo que me podría esperar vivir en los próximos años, porque los protagonistas siempre eran un poco mayores que yo. Es decir, los actores no necesitaban maquillarse para parecer mayores o más jóvenes, ya que siempre representaban la edad que tenían. Lo mismo hizo Richard Linklater con Boyhood y el resultado fue que han terminado por ser las mejores películas de su carrera.

Jessie y Celine, personajes principales de la saga, de algún modo han desbrozado nuestro posible camino sentimental, así que antes de convertirnos en una pareja de cuarentones abatidos, Noe y yo decidimos fingir tener veinte años y compramos el equivalente japonés al Interrail europeo para recorrer dicho país durante un mes de mayo cualquiera.

Para completar el viaje temático ferroviario y poder así aclimatarnos a lo que nos esperaba, el trayecto entre Oviedo y Madrid también lo hicimos en tren. El ensayo fue todo un éxito, porque comprobé que podía leer sin marearme. Mientras, entreveía los inabarcables cultivos ocres castellanos pasando por el costado de mis ojos a tal velocidad como quien dilapida fortunas sabiendo que nunca logrará ser pobre. Desde la ventana y a más de doscientos kilómetros por hora, Castilla no parece que espera sin esperanza, contradiciendo al poeta ovetense Ángel González.

Noe, con la potestad que le da haberme arrastrado por medio mundo, intentaba sin éxito que leyera la guía de Japón que habíamos comprado y que apenas había ojeado. En su lugar me hallaba cumpliendo con otra deuda. Durante un viaje anterior, el libro de bolsillo que me acompañó, no lo abrí y el pobre volvió a casa en condiciones lamentables, como si el viaje, en vez de tres semanas hubiese durado tres décadas. Los bordes de las páginas se encontraban doblados en todas direcciones y algún chaparrón dejó huella en la portada, dispersando la tinta del título y arrugando levemente las hojas, que terminaron por parecer pergaminos escritos por corsarios. Para más inri, recuerdo que en dicho periplo mi vetusta mochila, cual serpiente, decidió mudarse de piel y se desprendió del forro parafinado interior, llenando todos mis enseres de minúsculos trocitos pseudo epidérmicos. Pensaba que en su día había logrado limpiarlo todo, pero me debí de olvidar de abrir la novela Padres e Hijos. De nuevo aparece Turguenev por enésima vez.

Como penitencia a mi descuido, comencé por leer el prólogo, algo que nunca hago, ya sea por chulería estéril o esa pereza que todo lo envuelve. En el mismo, comentaban que en su día el autor se vio envuelto en una polémica debido a que los conservadores lo consideraban muy progresista por ponerse de parte de los ‘hijos’ y los progresistas muy conservador por ponerse de parte de los ‘padres’. La novela describe ese momento de cambio, de indeterminación, en el cual los progenitores sienten que su tiempo ya ha pasado y la descendencia todavía no ha recogido el testigo. Esa tierra de nadie tan interesante por otro lado, ya que según como se mire, uno se puede posicionar en uno o en otro bando, saltando perpetuamente. Cuanto más se empecina cualquiera en averiguar la verdadera posición virtuosa, más se acerca al dilema que tanto trajo de cabeza a Heisemberg cuando se encontraba postulando su principio de incertidumbre.

Pero lo que más me llamó la atención del prólogo fue su final, en el cual aparece un extracto de una carta escrita por Tolstoi en la que comentaba que la novela le había entretenido mucho, pero que no había encontrado apasionante ni una sola de sus páginas. Puede que a muchos esta crítica les hubiera hundido en la miseria por la sensación de mediocridad que se desprende de sus palabras, pero mi ego ya tendría para varias vidas si consiguiera por lo menos entretener al genio ruso. No sé cuándo la definición de mediocridad pasó de ‘calidad media’ a ‘poco mérito, tirando a malo’. Quizá todo empezó cuando desapareció el tamaño pequeño de los refrescos en los establecimientos de comida rápida (ahora solo existe el tamaño medio, grande y extra grande), o cuando poner en un currículo nivel medio de un idioma, en realidad significa ni hablarlo ni entenderlo. Supongo, que al igual que la economía necesita de una cierta inflación para funcionar, nuestra autoestima también y la mediocridad, del latín, mediocris, o promedio, lo consideramos como algo peyorativo, del montón, pero desde mi punto de vista, muchos que se creen humildes por considerarse mediocres, ni siquiera tienen el honor de serlo. Porque para llegar a mediocre hay que trabajárselo.

Llegamos a la estación de Chamartín y merendamos en una de esas cafeterías que tanto odia Noe, pero que a mi me reconfortan porque me reconozco en ellas. Suelen disponer de una barra de madera marrón oscura con remates dorados. Madera que puede sustituirse por aluminio si se quiere disgustarla más. Las estrechas vitrinas acristaladas protegían unos pinchos poco apetitosos, confeccionados sin cariño por un camarero que vestía camisa blanca humedecida y pantalones de pinzas negros. Su cabello moreno mezclaba gomina con transpiración y trataba a los clientes con cierto desdén. Las tazas de porcelana blanca agrietadas por los años de uso se encontraban teñidas por el café y las cucharillas tintineaban con el ajetreo propio de una profesión que se terminará por mecanizar.

Solo pido al ineludible futuro programador mecatrónico que evite que los platos de las tazas se vean salpicados por café a la hora de servirlo, dejando molestos chorretones marrones a la vista de todos.

El vuelo a Tokio con escala en Doha duró una pequeña eternidad, quizá atenuada por unas luces indirectas en tonos pastel provenientes de los compartimentos de equipajes y que cambiaban de intensidad y color para distraernos. Creo que se llama ilumino terapia. Inevitablemente, parece que la vida se ha convertido en una enfermedad constante que debe ser curada a base de tratamientos paliativos más o menos creíbles. El pecado original, que ya resulta poco efectivo, se ha sustituido por la patología original. Nacemos con almas tuberculosas y los profanos ya solo son enfermos que esperan ser sanados durante un fin de semana intenso cualquiera. Lamentablemente, estas revelaciones bañadas de optimismo extremo me retrotraen más a Schopenhauer que a la felicidad que prometen palabras variopintas, todas ellas con el mismo sufijo: terapia.

Mientras salíamos de la aeronave, un empleado del aeropuerto de Haneda, entrado en años y vestido con un uniforme pulcro y gorra a juego saludaba militarmente a todos los viajeros de forma compulsiva, a pesar de las horas intempestivas a las que llegamos. ‘Welcome to Japan, Welcome to Japan, Welcome to Japan…’ repetía sin cesar, intentando repartir tantos saludos como pasajeros que pasábamos a su lado. Su mantra y gesto monótono revolotearon por mi cabeza incluso cuando ya dejé de oírle, mientras pensaba que aquella sería una tarea que se me daría bien, ya que cada instante se une al anterior con una obligación ya dominada, que no requiere mucho esfuerzo y con la que se puede incluso entrar en trance con ella.

En el control de pasaporte nos recibieron unos funcionaros que no hablaban entre ellos, solo realizaban sus tareas cubiertos por máscaras de quirófano. Me sacaron una foto con una pequeña lente imperceptible y al ver de reojo mi aspecto recordé las palabras del compañero de trabajo de mi amiga Irina: ‘En Japón, los españoles parecemos todos unos gañanes’. No le faltaba razón, y su frase lapidaria se convirtió en un lema durante las vacaciones.

Sin grandes dificultades a la hora de utilizar el transporte público, a pesar del estado avanzado de la noche y la ausencia de personas, llegamos cansados a nuestro Ryokan en mitad de Tokio.

 

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