De qué hablo cuando hablo de lo que piensa una hormiga en Kioto

Pequeñas rutinas comenzaban a aflorar en Tokio cual falsa primavera que reverdece los árboles antes de tiempo, pero cuyo despertar se corta de raíz por el penúltimo temporal invernal. Terminamos por acostumbrarnos al mismo desayuno de tostadas rollizas con miel sin llegar a entendernos con los camareros al pedirlas, y a pasar por delante de la misma parada de taxis negros con aspecto retro que disponían en el techo de pompones blancos, iluminados éstos al ocuparse los vehículos. El trayecto desde la estación de Ikebukuro hasta el cómodo hotel siempre se parecía demasiado, aunque variásemos el recorrido. Resultaba imposible evitar la visión entristecida de mujeres que posaban día y noche con carteles publicitarios del establecimiento para el que trabajaban. Ligeras de ropa, lucían sus delgados cuerpos con apariencia inocente y ajenos a la curva o la exuberancia. Cuando apretaba el frío y la lluvia, se cubrían con una gabardina entreabierta para poder seguir insinuando una niñez inexistente, forzando aún más su sonrisa.

Un día llegó la temida brisa que tiraría abajo nuestra rutina mal cimentada. Todo permutó, al igual que lo hacen las letras de la capital nipona para convertirse en Kioto. Dejamos atrás nuestro agradable Ryokan en el centro capitalino para alojarnos en un chamizo que alquilamos a una señora mayor, la cual vino a buscarnos a una parada de bus de Kioto montada sobre su bicicleta y con una visera apamelada. Al verla me acordé de la madre de mi amigo japonés-francés de la infancia. No es que se pareciera, pero no acostumbro a tratar con japonesas de mediana edad avanzada, con lo cual la asociación de ideas fue torpemente hilvanada. En vez de tejer con hilo fino, utilicé gruesas lanas que todo lo cubren, como el punto gordo al que recurríamos los estudiantes de geometría descriptiva cuando las intersecciones de rectas no se producían donde debían. Ambas podrían tener parecida edad, si no fuera porque la madre de mi amigo falleció demasiado joven hace unos cuantos años.

Todo fueron sonrisas y reverencias bien recibidas hasta que llegamos al apartamento que habíamos alquilado basándonos en unas fotos que poco o nada tenían que ver con la realidad. La casa se asemejaba al lugar donde días después de que se captura a un asesino en serie de alguna película, concurren las cámaras de televisión y recrean el sitio utilizado para gestar sus crímenes. Porque parece que los psicópatas se nutren de la sordidez de los tugurios para cometer felonías. Pasar noches enteras entre cajas de cartón cubiertas de polvo, propias de una almacén, alfombras viejas, paredes destartaladas y una cocina repleta de cachivaches desparejados parece el camino más corto para fomentar sentimientos misántropos que desembocan en torturas inteligentes y macabras. Eso sí, al menos el inodoro seguía perteneciendo a la firma Toto, así que cada vez que lo utilizaba podía seguir silbando canciones ochenteras en su honor. ‘I bless the rains down in Africa…’

Por si fuera poco, el zulo se encontraba alejado del centro, así que después del desayuno nos esperaba todas las mañanas un largo trayecto en bus que terminó por gustarme, casi más que los lugares que visitábamos después, pervirtiendo por completo el sentido que debería tener el turismo moderno. O quizá no, porque en las frases grandilocuentes siempre se dice que lo importante no es el destino sino el trayecto, el participar frente al ganar y toda una serie de indulgencias más que nos tranquilizan.

Por otro lado, mi desviación bien podría tratarse de un lugar común por oposición. Es decir, hacer siempre justo lo contrario de lo que se espera, con lo que la transgresión se convierte de nuevo en obviedad. “Yo paso del museo Louvre, de la Torre Eiffel, de los Campos Elíseos y todo lo que salga en una guía de viajes. A mi lo que me gusta de París es el recorrido en metro en hora punta mientras me empujan e insultan unos franceses chovinistas “.

Debido a una u otra razón, el itinerario matutino en autobús resultaba agradable porque no había nada a lo que prestarle demasiada atención, salvo a enclenques japoneses renqueantes cargados con bolsas. Resultaba imposible no cederles el asiento, incluso para alguien como yo, cuyo sentido de la empatía se encuentra en vías de desarrollo. Los conductores, impecablemente uniformados, murmuraban en cada parada unas palabras sin apenas mover los labios y con una voz inusitadamente grave para las pequeñas cajas torácicas asiáticas. A veces parecían ventrílocuos, otras el espíritu reencarnado de Leonard Cohen. No logré descifrar las peroratas soltadas, una diferente para cada ocasión. Además del nombre de la parada, necesariamente añadirían algún consejo o chiste de Eugenio en japonés, porque los micro discursos duraban unos cuantos segundos, más o menos lo que se tardaba en abonar la tarifa al abandonar el autocar. Nadie parecía hacerle caso a los sermones del chófer, solo posaban las monedas sobre una pequeña cinta automática que se las tragaba mientras, detrás de una máscara de quirófano, éste las observaba antes de desaparecer. Estoy seguro de que el conductor no necesitaba contar las monedas, tampoco la máquina, porque los japoneses no encuentran satisfacción alguna en engañar al servicio de transporte público. El fluido descender de personas solo se veía entorpecido por nosotros, que nunca sabíamos cuánto dinero había hasta que pagar y el paciente cochero tenía que recoger las monedas de nuestras manos con sus guantes blancos y depositarlas él mismo sobre el curioso artilugio carente de tecnología punta que engullía el vil metal.

Uno de los numerosos autobuses que tomamos nos dejó cerca del templo Kodaiji, construido en 1605 a modo de mausoleo por la esposa del fallecido Toyotomi Hideyoshi, un célebre señor feudal. Aa igual que él, ella misma también se encuentra enterrada allí.

El complejo contiene varios edificios vacíos por los que se puede caminar descalzo, sin preocuparse esta vez por notar un leve crujir de la tarima de madera al que llaman los pasos del ruiseñor, tal y como ocurre en los castillos o viviendas señoriales. Dicho rechinar agudo, más propio de la banda sonora de una película de suspense o terror que la del dulce graznido de un pájaro, no es casual, sino que se trata de una medida ancestral de defensa da a notar la presencia de intrusos. Si en vez de un husmeador se trata de una horda de turistas alemanes, el concierto atonal resulta altamente inquietante y desagradable.

A través de los paneles de papel arroz que formaban grandes puertas correderas, se podía entrever lo verdaderamente interesante del lugar que visitábamos: sus jardines llenos de vegetación exuberante intercalada con estanques perfectamente abandonados a su suerte y con pequeños puentes de madera que los cruzaban. Una carpa que rastreaba el fondo de una de las lagunas limosas, casi eutrofizadas y una garza buscando alimento se convirtieron en personajes principales de un episodio que sí lograba transmitir cierta paz. La escasa agua que se renovaba discurría lentamente por un arroyo, provocando un rítmico sonido al pasar por una fuente shishi odoshi, originalmente pensada para espantar los animales de los cultivos y que paradójicamente relaja a los humanos. Este mecanismo consiste en un trozo de bambú que pivota sobre sí mismo al llenarse con un hilillo de agua y produce un sonido seco, casi hueco, al caer repetidamente cuando se vacía por el desequilibrio generado. Solo la interrupción de la corriente detendría el crónico golpeteo, poniendo en alerta al visitante y advirtiéndole de que pronto se produciría un fenómeno repentino lleno de malos presagios, tal y como ocurre en muchas películas.

Si el dinamismo de estos jardines umbríos se debe buscar en la sutil corriente de agua, los jardines secos o karesansui, también conocidos como jardines zen, carecen de cualquier tipo movimiento, salvo el imaginado por uno mismo. Una desértica capa de grava grisácea compone una estampa monocolor que representa el mar si se ondea con un rastrillo o islas volcánicas si se apilan las piedras en forma cónica. La vida que abunda en los estanques aquí desaparece por completo, pero no la tranquilidad transmitida. Porque los desiertos, ya sean de arena, de grava, oceánicos o incluso mentales, casi siempre logran cautivar, del mismo modo que a veces lo hace la frondosidad que representa la vida.

Un tarde, después de caminar sin descanso, nos topamos con un bar semivacío y seductor a lo Nighthawks, pero intercambiando la madrugada por el crepúsculo y un ice cream soda que sustituyera al probable vaso de whiskey consumido por los personajes del afamado cuadro. La idea de volver a mezclar helado con coca cola formando una espuma poco apetecible de color marrón, me la dio la pareja de ancianos que se sentaba a nuestra izquierda, vestidos de forma distinguida. Ojeaban de vez en cuando un partido de beisbol en la televisión mientras intentaban combatir el calor sin departir. Él, dando pequeños sorbos a su bebida, ella, añadiendo un abanico a los intentos ímprobos por apaciguar un sol primaveral bravo, pero en apresurada retirada.

A nuestra derecha, una mujer más joven que los ancianos pero mayor que nosotros, parecía dirigir el establecimiento mientras conversaba con otras dos mujeres distendidamente. Todas ataviadas con vestidos llenos de estampados, evocadores de las elegantes visiones que llenaban la pantalla en la cinta In the Mood for Love, cuando la protagonista contoneaba sus caderas con atuendos similares. Noe pidió su primer té matcha de las vacaciones en un cuenco sobredimensionado, cuyo amargo verdor se acompañaba de un pequeño dulce partido en trocitos por un cuchillo de madera poco más grande que un palillo. Yo me encontraba en la gloria ante el espectáculo de la Nada.

Las dos mujeres pronto salieron del bar para tomar fotos a los detalles que poblaban el pequeño jardín japonés. Yo lo observaba a través del gran ventanal vidrioso que ejercía de fascinante pantalla para recrearme en mi afición costumbrista. Cuando salimos, les pedí permiso para sacarles unas fotos, pero ellas malentendieron mi petición y creyeron que lo que en realidad pretendía era inmortalizar nuestros propios cuerpos en dicho pequeño edén. Posamos y sonreímos mientras invertíamos los papeles deseados. Por dentro me entristeció no haber podido robarles una instantánea furtiva.

Kioto, conocida actualmente por el famoso y truncado tratado medioambiental sobre emisiones de dióxido de carbono y otros gases, también es el lugar de residencia del escritor que hasta ahora ha ayudado a poner nombre a mis relatos sobre Japón. Además, la antigua capital se ve abarrotada por parejas de jóvenes japoneses que alquilan ropas tradicionales y se pasean por sus calles. Los coloridos kimonos de ellas, contrastaban con los tonos grises de los de ellos. No tengo claro si los consideran un disfraz o los visten para mostrar deferencia a sus ancestros. Una fina línea separa ambas posturas, la de la mofa de la del respeto, pero dada la poca capacidad de cinismo que le otorgo al pueblo llano japonés, me decanto por lo segundo.

En Kioto se ve claramente qué el turismo que podría llamarse ‘cultural’, en realidad puede llegar a distar poco de las propiedades chabacanas que se le atribuyen al de ‘sol y playa’. Lo que en principio parece no tener aristas, termina por desvirtuarse y dejar residuos más o menos olorosos. Todo se debe al impulso que nos lleva a no perder oportunidad para realizar el acto de transacción de bienes. La idea primigenia de visitar templos, como el Kiyumizu Dera, en busca de cierta espiritualidad perdida y con ello creer mirar por encima del hombro a los que simplemente toman el sol, en seguida se ve sustituida por la devoción a puestos de comida o similares, en los cuales cuesta distinguir si lo que se venden son pastillas para el alma o caramelos en forma de tori, como recuerdo de Kioto.

Todo está en venta, incluso el campo visual de una ciudad tan tradicional. En realidad el de todas las villas modernas lo está. Por esta razón, lo que más me llama la atención del cine clásico no es otra cosa que la sensación de limpieza de las calles representadas. Salvo en contadas ocasiones, se encuentran libres de estímulos en forma de publicidad intrusiva. Simples letreros sin asociaciones de ideas de ideas, sin dibujos o logotipos más o menos ingeniosos, suelen indicar la ubicación de la oficina de un abogado, una farmacia o un restaurante, sin necesidad de provocar ataques epilépticos al posible cliente. Lo que deberían ser sencillos anuncios de carricoches han terminado por convertirse en trepidantes video clips dirigidos por Guy Ritchie en los cuales a los padres se les promete vivir fantásticas aventuras con su descendencia si se decantan por el modelo anunciado. Si no lo hacen, será porque son poco más que unos perdedores, o peor aún, unos malos padres.

La industria publicitaria está claramente hipertrofiada, pero claro, ¿qué artista no se vería tentado si le ofrecieran un copioso botín por profanar su obra y aprovechar la escasa atención ganada para vender desodorantes o pasta de dientes?

En realidad, la razón por la que se llega a odiar con demasiada saña al pobre e inofensivo turista no es otra que por representar el abandono temporal de cierta dignidad que creemos tener. Todos nos vemos más o menos reflejados en una figura tan falsa y a la que nos gusta desprestigiar, pero que a la vez imitamos a las primeras de cambio. ¡Qué asco más rico!, resumía una antigua soflama similar sobre la comida basura.

Los trajes de chaqueta que normalmente cubren todas nuestras imperfecciones se convierten por unos días en camisetas cómodas, incluso sin mangas, que liberan y airean lorzas y tatuajes como si no hubiera un mañana. Sacamos fotos sin saber muy bien lo que hacer, a donde ir ni qué mirar y en las que el paisaje autóctono queda momentáneamente impostado por la inundación de flashes. Lo bueno es que de vuelta a casa todo vuelve a la normalidad y los electrones sobre estimulados vuelven a sus capas de energía originales sin mayor trastorno. Los michelines vuelven a envainarse y las fotos se entierran en un disco duro o en los muros de las redes sociales. Después, se crea un tácito acuerdo para no delatar al prójimo, similar al que subyacía en La Ley del Silencio, solo roto por algún esquirol que se cree Marlon Brando y pretende amargar la existencia a sus sufridos y escasos lectores.

A modo de posdata, cabe decir que algunos occidentales atrevidos han intentado dar un paso más allá en el estrafalario arte de desplazarse al extranjero y solo llegan a sentirse viajeros de verdad cuando mendigan por las calles asiáticas de países pobres. En realidad, simplemente se trata de cínicos caraduras que pretenden que los más desfavorecidos les financien sus vacaciones de niño pijo. Me temo que a éstos representantes de la neo gauche divine se dirigía desde el pasado Jarvis Cocker en su canción Common People.

Creo firmemente que la desorientación que nos acontece al viajar por placer se suele parece a la sufrida por la hormiga a la que un niño traslada a cientos de metros de distancia de su hogar. De pronto queda atrapada en un ambiente lejano y forastero, pero ¿a quién le importa lo que piense una hormiga?

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