De qué hablo cuando hablo de perfección

Todavía no tengo claro cómo da tanto de sí un viaje que no fue ni por asomo de los mejores que hemos hecho, pero no me quito de encima ni Japón ni a los japoneses. Nada nos sorprendió durante tres semanas, pero desde entonces, en mi cabeza, no veo más que educadas caras con ojos rasgados, sin comprender muy bien cómo muchos de ellos pudieron perpetrar tanto mal durante las décadas de los años treinta y cuarenta del siglo XX. ¿Fue una enajenación mental transitoria? ¿Puede que el japonés por dentro se encuentre lleno de rabia y rencor, reprimido, pero transforma su resentimiento en una sonrisa glacial? Quizá se comporten como volcanes dormidos que cada ciertos siglos sueltan lava en forma de fuego y furia. Porque todo el mundo recuerda lo que ocurrió en Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945, pero pocos fuera de China recuerdan, o quieren recordar, el bombardeo indiscriminado nipón sobre los civiles de Shanghái en 1932, o la masacre de Nankín, con otros cientos de miles de civiles muertos en 1937.

No fue el mejor los viajes porque nuestro periplo transcurrió con demasiada fluidez, sin el rozamiento propio del exotismo que le recuerda a uno la balsa de aceite en la que vivimos en Europa. Todo fue demasiado perfecto. Japón es demasiado perfecto. No es posible que las hojas caídas de los árboles, en vez de anegar los sumideros, se queden apiladas unos metros antes. Me parece llamativo que no haya ni un bordillo roto o baldosas resquebrajarse por el paso del tiempo en las aceras. Resulta escalofriante que no exista el polvo, ni pistas embarradas, que no haya caracoles, ni gusanos, ni pegajosos mosquitos en los bosques, que los troncos de los árboles sean tan rectos y sin ramas, como si la naturaleza fuera un criadero de postes de luz ,o que solo sean necesarias papeleras en los andenes de las estaciones de tren porque a nadie se le cae un papel al suelo. Cualquier detalle se encuentra estudiado de antemano sin posibilidad de error. Justo cuando se tenga sed, siempre aparecerá una máquina expendedora de refrescos en mitad de ninguna parte, una y otra vez.

Hace unos cuantos años escuché una frase: ‘La perfección es muerte, la imperfección es el arte’. Puede que sea cierta, ya que poco queda por hacer salvo perecer si se alcanza la excelencia final. No me he vuelto a topar con ella jamás, con lo cual la frase, aunque puede que sea una forma caritativa de justificar un fracaso, por lo menos no se encuentra tan trillada como otras del tipo de: la memoria es la inteligencia de los tontos, solo los tontos son felices, la ignorancia da la felicidad y un largo etcétera. Todas ellas siguen el mismo patrón, el de inferir la inexistencia de una cualidad peyorativa por la falta precisamente de un atributo que en principio parece que queda del lado de la virtud. No tengo memoria, ergo no soy tonto, con lo cual debo de ser inteligente. No soy feliz, ergo no solo soy inteligente, sino que además no soy ignorante, soy culto. Me temo que no he descubierto nada nuevo, sino que se trata de la falacia de la negación del antecedente.

La vida transcurre entre un vergel de frases sin sentido que todos repetimos y con las cuales llegamos a conclusiones que pintamos en la paredes, virtuales o no. Bob Dylan fue un visionario cuando escribió hace más de cincuenta años Love Minus Zero/No Limit:

In the dime stores and bus stations,
people talk of situations,
read books, repeat quotations,
draw conclusions on the wall.

Conclusión: Japón debería de estar muerto según la cita que escuché en su día a Manuel Vicent, pero tampoco es cierto del todo y aunque lo fuera, según el código Bushido de los samuráis, ‘la muerte es una puerta para una vida muy digna’.

Por lo menos desde que el pueblo japonés escuchara al emperador Hirohito por primera vez y éste se rindiera en el acorazado Missouri, parece como si al unísono hubieran decidido morir tras un seppuku general y formar un ejército sin fisuras que construyó el país que conocemos en la actualidad, en el que todo funciona con un esmero fuera de lo común. Parece un decorado impoluto, que solo los desastres naturales pueden alterar.

Reconozco que las opiniones que puedo ofrecer sobre Japón son meras conjeturas superficiales, sin poder llegar a penetrar en absoluto. A otros países creemos haberles pillado el tranquillo, pero a Japón no, porque parece un espectro, que realmente no estuvimos allí, que no existe ni se deja abrazar, porque resulta imposible envolver las sombras proyectadas en un muro y más si se trata de una zona urbana, inabarcable por la cantidad de ellas que contiene.

Nos costó salir por completo de las grandes ciudades, pero lo logramos un día tras un viaje largo de trenes encadenados: Kioto-Ojo-Gojo-Hashimoto-Gokugirabashi-Koyasan. A medida que nos alejábamos de la antigua capital, la gente y los trajes oscuros iban desapareciendo de los vagones hasta encontrarnos en un tren lento y vacío que remontaba un valle entre árboles, acompañados por el fuerte chirrido producido al rozar las ruedas metálicas contra las vías que lejos de molestar, amenizaba las fuertes curvas. El maquinista del último trayecto dejó su coche aparcado en la estación, cogió su fiambrera y en silencio se colocó la gorra y guantes blancos para seguir una rutina que lejos de desgastarle, parecía reafirmar su estatus en este mundo. Desde que vi la película Paterson de Jim Jarmusch, veo un poeta en cada operario de transporte público.

Koyasan debe su nombre al monte Koya. Se trata de un pueblo ubicado en una meseta de la prefectura de Nara y tiene el honor de representar la cuna del budismo shingon. Su gran maestro y fundador, Kobo Daishi, se encuentra enterrado allí, en un bello y decadente cementerio en mitad de un bosque que bien merece una visita para hacerse una idea de lo importante que es el trabajo en Japón. Tanto, que define por completo a su gente. En España, hace tiempo que la profesión dejó de aparecer en el carnet de identidad, pero en Japón, la empresa en la que trabaja uno le acompaña toda su vida y más allá, como el equipo de fútbol al que se es aficionado. ‘De la cuna a la sepultura’, suelen comentar cuando hablan de su empresa. Una lealtad cuyo máximo exponente bien podría encontrarse en los pequeños mausoleos que incluyen grabados de los logotipos de Nissan, Sony, Canon o cualquier otra compañía para la que trabajara el fallecido. A veces, incluso esculturas en forma de cohetes adornan la tumba si el inquilino de la misma trabajó para alguna agencia espacial o similar. En otras ocasiones, los sepulcros se encuentran culminados por la estampa tan propia de la propaganda comunista en la que el trabajador desafiaba con un paso adelante al mundo durante el siglo XX.

Si en Tokio nos alojamos en un Ryokan, casa tradicional o rural si se me permite abusar del lenguaje, en Koyasán, en mitad de un bosque, pasamos la noche en un moderno hotel cápsula con ínfulas leuco nórdicas. En Japón, incluso lo que parece transcurrir al revés resulta perfecto, porque en dicho hotel por fin encontramos a algún nativo que hablara inglés y nos pudiera traducir los mensajes que nos enviaba el dueño del apartamento que habíamos alquilado por Airbnb para las siguientes noches, en el pueblo costero de Shirahama. Los intentos de traducirlos con el teléfono móvil habían sido poco fructíferos, ya que únicamente aparecían palabras como ‘cielo’ o ‘bendición’. Nos congratulaba la faceta espiritual de nuestro arrendador al escribirnos, pero necesitábamos saber cómo nos facilitaría la llave para entrar o dónde se encontraba su piso.

Una vez resueltos nuestros problemas terrenales, paseamos por el pueblo de templo en templo con la agradable compañía de nadie. Acabamos por participar sin querer en una ceremonia bautismal budista dentro una sala a oscuras y plegados en una postura ciertamente incomoda para nosotros, pero que ellos pueden soportar durante horas. No entendimos nada, como es natural y solo al terminar supimos que nos habían bautizado. En aquel momento me acordé de la gran anécdota protagonizada por un primo de mi madre cuando una pareja testigos de Jehová llamaron a su puerta para intentar explicarle las bondades del milenarismo: “No se molesten conmigo. Apenas creo en la mía, que es la verdadera, como para creer en la suya”.

Al pueblo costero de Shirahama llegamos una noche lluviosa. Un taxista nos llevó desde la estación de tren desolada hasta nuestro apartamento, que se encontraba un poco apartado pero ofrecía buenas vistas desde su altura prominente. Fue aquí donde nos dimos cuenta de la neurosis que sufren los japoneses con la pulcritud y el orden. Me gusta la idea de quitarse los zapatos al entrar en casa. Se hace menos ruido al caminar y no se deja rastro de la suciedad exterior. Si en la entrada se encuentra uno con unas zapatillas, como ocurre en Japón, pues mejor. Lo que ya no comparto es que para entrar al baño haya que cambiarse de zapatillas y para salir al balcón de nuevo se tenga un tercer par esperando sin olvidar que en el dormitorio, en el tatami, no se debe entrar calzando ninguno de los tres pares de zapatillas. Un autentico embrollo, imposible de cumplir por una persona que crea estar en sus cabales.

En esta ocasión, el traductor del teléfono sí nos sirvió y al sacar una foto de los mandos de la lavadora, tradujo bien una sola palabra: ‘jabón’. Fue suficiente para poder lavar nuestra ropa, que falta le hacía, mientras cenábamos unas bandejas de sushi.

Al día siguiente, una mañana soleada nos recibió. El aspecto lúgubre que tenía la estación de tren por la noche cambió por completo gracias al sol y a la presencia de la gente y sus quehaceres. Tras un breve recorrido en tren hasta el pueblo cercano de Tanabe, un autobús nos acercó al comienzo de una de las etapas del camino de Kumano Kodo. Se trata de una ruta de peregrinación que se encuentra hermanada con el Camino de Santiago y cuya finalidad parece similar.

El paseo entre alcanforeros fue agradable, aunque lamentaba haber perdido mi teléfono móvil en los treinta metros que separaban la estación de tren de Tanabe de la parada de autobús. No solo por quedarme incomunicado y porque en realidad el teléfono no es mío (pertenece a la empresa para la que trabajo), sino porque en él se encontraban todas mis fotos y notas tomadas hasta entonces. Notas que al final no he utilizado mucho para relatar el viaje, pero que de alguna forma sirvieron para afianzar lo visto, como cuando se escribe un recordatorio que luego no se necesita mirar jamás.

Si algo se puede apreciar del Japón rural es que como en todos los países, al cambiar el paisaje urbano por el campestre todo se vuelve algo más desvencijado. Si en España un somier oxidado se utiliza como portón de una finca, imitando sin querer al acero corten, en Japón, sin llegar a tal extremo, sí se pueden ver molinillos de viento hechos con botellas de plástico o chatarra apilada por si acaso en el futuro se le encuentra algún uso. En los pueblos, las modas no existen porque todo perdura para siempre. Los errores y los aciertos permanecen por siglos sin poder deshacerse uno de ellos. Las familias cambian de sujetos, pero las rencillas enraizadas crean una idiosincrasia, un poso afectivo muy difícil de imitar en la ciudad. Los apellidos se convierten en tatuajes imposible de borrar.

También es verdad que tanto lastre puede llegar a pesar demasiado y todo lo bueno que nos ofrece el campo se acaba pudriendo. Es entonces cuando parece necesario olvidarlo todo en el anonimato de una ciudad y empezar de nuevo, para luego volver al origen. Porque por muchos años que uno pase en la ciudad no se desprende de una cierta pátina de temporalidad. La ciudad se comporta de modo fugaz, el pueblo en cambio siempre será inmortal por muy grande que sea el trasvase del segundo a la primera. Confieso que a mi me cuesta encontrar mi sitio en la eternidad.

Aunque me sienta bien al visitar la paz rural donde vive mi madre, nunca pertenecí a allí del todo. Llegué muy tarde y a la vez demasiado pronto, en la adolescencia y sin necesidad de integrarme. Quizá parte de la culpa se deba a la falta de una plaza central, cuya ausencia termina por dispersar el ideario que le intento atribuir a los pueblos. La plaza es al pueblo lo que el pueblo a la ciudad.

Si vuelvo la mirada más atrás en el tiempo, en busca de esa plaza perdida, solo quedan tinieblas y los Comalas sobre los que ya escribí en alguna ocasión. Aun así, supongo que sobreviviré, como las algas marinas que aunque pertenecen al reino vegetal, surcan las corrientes cual nómada sin raíces, o mejor dicho, son arrastradas por ellas. Puede que por eso cada vez que piso un lugar rural que me gusta, digo a Noe que pasaría allí una temporada, esperando a que germine alguna raíz, como quien compra una boleto de lotería para salir de la miseria económica.

Todas estas tribulaciones sin solución no lograron hacerme olvidar del todo mi problema telefónico. Al volver por la tarde a Tanabe, se nos ocurrió entrar en la pequeña comisaría de policía cercana al lugar de los hechos. Un policía entrado en kilos y bonachón nos recibió y al preguntarle si habían encontrado algún teléfono, sorprendentemente lo sacó de un sobre marrón. Lo más difícil fue convencerle de que era mío, a pesar de que lo desbloqueé delante de él y le enseñé fotos en las que aparecíamos tanto Noe como yo. Supongo que a los orientales todos los europeos les pareceremos iguales, con lo cual mis fotografías en realidad no demostraban nada.

Como buen japonés, llamó a su superior siguiendo una cadena de mando marcial. Tras unos minutos de conversación telefónica, se apiadaron de mi y me devolvieron el teléfono, cerrando así un episodio de civismo difícilmente visto en cualquier país que piense más en los intereses individuales que en los colectivos. Es decir, en la mayoría de naciones.

Sí, Japón es demasiado perfecto.

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