El Ugarte ese

Hace casi diez años que murió Jose Luis Ugarte y aproximadamente treinta que lo conocí. Yo cursaba sexto grado y al concluir el año escolar, una ceremonia algo artificiosa ponía colofón a la educación primaria estadounidense. Los niños pedían prestadas a sus padres unas corbatas demasiado grandes y las niñas se tambaleaban encima de unos tacones a los cuales no estaban habituadas. Todo resultaba un poco impostado, porque no hay nada más cursi que un niño con traje de chaqueta o una niña con pinta labios. Desfilábamos y recogíamos un título que acreditaba haber superado seis años de colegio, como si fuera una proeza, como si se necesitase una ceremonia al aprobar el carnet de conducir o cuando no aparecen anomalías en los análisis de sangre. Los norteamericanos son especialistas en este tipo de acontecimientos y así de bien les va en muchos sentidos. Creen, por lo menos de cara a la galería, en unas liturgias que los europeos generalmente despreciamos, pero que a la postre copiamos, tarde y mal.

De aquella yo también creía y ese día resultaba especial. Suponía un hito personal que no se limitaba a poner fin a tres años de colegio en Rye. Ya no necesitaba clases específicas para aprender un idioma que para mi resultaba extranjero. Me manejaba correctamente e incluso soñaba en inglés, síntoma de que ya dominaba la lengua. Todo estaba preparado, pero mi padre aseveró que no podía acudir a la ceremonia porque justo el día de mi graduación de la nada, llegaba a puerto su amigo Jose Luis Ugarte, un marino vasco que participaba en la regata en solitario Transat, entre Plymouth (Inglaterra) y Newport (Rhode Island).

Yo no comprendía cómo mi padre prefería recibir al ‘Ugarte ese’ antes que presenciar el acontecimiento del año, según mi entender. Probablemente lloraría de rabia y no hubo consuelo posible. Mi madre, hermanas y mi primo Miguel fueron los únicos que me vieron desfilar por aquel pasillo del auditorio del colegio lleno de niños y familias. Tardaría en perdonar a mi padre. Creo haberlo hecho ya. Es más, seguramente yo me hubiera comportado igual que él, porque mucho más interesantes terminaron por ser las hazañas del señor Ugarte que las de un montón de niños pre adolescentes.

Jose Luis nació en 1928 en Las Arenas, actualmente Areeta. Aprendió a navegar en una barca de madera o txintxorro antes de construirse su primer velero con sábanas viejas, el cual que se le hundió frente al faro de Algorta.

Su pasión por la náutica le llevó a trabajar tanto para la marina mercante española como inglesa, afincándose por unos años en Liverpool, poco antes de que ciertos jóvenes oriundos de dicha ciudad empezaran a despuntar en la música. Se casó con su sufrida esposa Edith y tras comprar un viejo velero llamado Orión, regresó a Vizcaya navegando a finales de los años sesenta del siglo XX.

Supongo que en dicha ocasión fue cuando le tomó el gusto a las travesías en solitario, porque desde entonces ya no paró y participó en casi todas las regatas importantes transoceánicas desde 1979, con una edad tardía y mucho antes de que el alpinista Carlos Soria demostrara que cumplir años no significa necesariamente pasar el día dando de comer a las palomas en un parque. Su futuro plan de jubilación se podría asemejar a su frase sobre que el mar, aunque esté en calma, se mueve.

Probablemente fue en Las Arenas donde mi padre conoció a Jose Luis y entablaron amistad a pesar de la diferencia de edad. Les unía la misma pasión por el océano, así que ¿cómo iba a desaprovechar la ocasión de recibirlo en Newport?

Tras surcar tres mil millas en ceñida por el Atlántico Norte, contra la corriente del Golfo, pasó unos días en nuestra casa junto a su afable y antagónica esposa. Lo primero que hizo al llegar fue beberse una botella de whiskey para poder reponerse del jet lag producido por la epopeya. Las travesías en solitario suponen no dormir más de dos horas seguidas, con lo cual para solucionar el problema que conlleva tal trastorno del sueño, según él, la mejor solución no era otra que beber alcohol hasta quedar inconsciente.

Él, recio, con ideas inamovibles, encarnaba los valores tan estereotipados y a veces reales atribuidos al vasco. Fuerza, determinación, convicción, mirada profunda y unos dedos tan gruesos que le impedían manipular los GPS, que ya empezaban a emplearse en náutica, puede que fueran sus rasgos más característicos. Él prefería el sextante, ya que no confiaba en la tecnología, en la electricidad a bordo llena de cables y enemiga del salitre, del agua.

Encajó con deportividad que le llamara de forma despectiva el ‘Ugarte ese’ y terminamos por hacernos amigos.

Aunque pudiera pasarse meses sin hablar con nadie navegando, con la única compañía de algún albatros despistado, no era una persona huraña, sino que se mostraba cercano.

‘¿La soledad? Eso no es lo peor, ni con mucho. Soy una persona sociable. Así que si tienes que hablar, lo haces con el barco, que te responde con sus crujidos, o con las olas. Nunca estás sólo; está la Naturaleza a tu alrededor.’

En estos tiempos de inmediatez y conexión permanente, ya parece complicado pasar más de cien minutos sin hablar con nadie, como para pasar cien días. Se necesita mucha vida interior para no enloquecer en la soledad, para no caer bajo los influjos de un remolino descendente como un Maelstrom que engulle nuestra autoestima, el temido horror vacui de Noe. Qué fácil parece dejarse llevar por la mitología antigua e imaginarse en mitad de la noche que un gigantesco Kraken juega con nosotros, como lo hace un niño que se baña con sus barcos de juguete. Para otros, quizá lo difícil resulte entender las insensateces que vivimos en tierra y sólos frente al mar es cuando verdaderamente se sienten comprendidos.

Dos años más tarde, en 1990, mi padre consiguió que el recién fusionado BBV además de la Expo 92 patrocinaran a Jose Luis, para que participara en la antigua BOC Challenge, la regata alrededor del mundo en solitario más afamada. Partirían de nuevo desde Newport para transitar por lugares tan exóticos entonces como Ciudad del Cabo, Sidney o Punta del Este, atravesando entre otros el mítico Cabo de Hornos chileno, tantas veces mencionado por mi padre. Al ser el punto de la tierra más meridional antes de llegar a la Antártida, las olas y vientos no sufren barrera natural alguna, con lo cual se crean unas tempestades peligrosísimas, unido a la presencia de icebergs.

En mi familia, que participara un amigo en una de las regatas más duras del mundo fue todo un acontecimiento ya que normalmente, en vez de asistir a los estadios de fútbol, mis hermanas y nos veíamos envueltos en las partidas y llegadas de estos eventos transoceánicos, y en vez de autógrafos de futbolistas, se los pedíamos a ídolos circunstanciales como Philippe Jeantot, Mark Schrader o Tristan Jones.

En aquella ocasión, los autógrafos nos los firmaba cariñosamente Jose Luis Ugarte junto a todo tipo de camisetas, posters, gorras y un largo etcétera publicitario que tanta ilusión parece hacer a los niños. Porque poco importaba que luego no diéramos uso a los tesoros adquiridos. Todo lo que fuera entregado gratuitamente tras una larga cola ejercía una inevitable atracción difícil de resistir, que a veces persiste incluso en los adultos.

Tardé muchos años en asociar el Crédit Agricole con un banco, ya que para mi era el barco de sesenta pies del aguerrido capitán francés que ganó las dos primeras ediciones de la Boc Challenge, 1983 y 1987, cubriendo las veintisiete mil millas náuticas de la carrera en ciento nueve y ciento treinta y cuatro días respectivamente. Philippe Jeantont lucía un frondoso bigote, distinguiéndose a leguas de distancia sus rasgos faciales galos, así como su carácter chauvinista y distante.

Mark Schrader, pelirrojo y con una barba tupida, resultaba más cercano, pero no ganó en su categoría. Competía con un velero de menor tamaño que el Crédit Agricole. Todavía guardo el poster del alzado del barco de cuarenta siete pies que utilizó en la competición de 1986-87. Aunque el paso del tiempo ha carcomido el color y la tinta de su firma ha desaparecido por completo, me sigue intrigando cómo un tejano pudiera dejar los pozos de petróleo y el árido desierto de Chihuahua para convertirse en intrépido navegante. Desde la popa de su embarcación ondeaba la Lone Star, nombre por el que conoce la bandera del estado de Texas y con el que bautizó el barco, publicitando así un territorio con tan poco legado marinero.

Jose Luis Ugarte en cambio, no necesitó hurgar mucho para encontrar una posible inspiración en su tierra. La historia del País Vasco y por ende la de España, no se puede concebir sin la presencia del mar ni de los grandes marinos vascos, como por ejemplo: Juan Sebastián Elcano, que completó el primer viaje alrededor del mundo cuando Magallanes murió en Filipinas o Miguel López de Legazpi, que desde su Zumárraga natal viajó hasta el Océano Pacífico para fundar Cebú y Manila en el siglo XVI.

Por otro lado, Blas de Lezo, el ‘medio hombre’, tuerto, cojo y manco, resistió el envite de ciento noventa y cinco navíos ingleses con solo seis embarcaciones en Cartagena de Indias a mediados del siglo XVIII. El rey británico Jorge II se apresuró en acuñar una moneda conmemorando la inminente victoria de las tropas del comandante Edward Vernon, pero el pasaitarra no solo soportó el empuje inglés sino que logró vencer, humillando aún más si cabe a la pérfida Albión.

Peor suerte tuvo el brigadier Cosme de Churruca con los ingleses en 1805. El mutrikuarra falleció al dar alcance al almirante Nelson en el cabo de Trafalgar, en contra de su criterio de no salir de la bahía de Cádiz, pero lamentablemente cumplió con las órdenes del Teniente General Gravina. El científico que exploró el estrecho de Magallanes, dejando una ensenada con su nombre, llegó incluso a suscitar un cuadro con su propia e inútil muerte.

Otros marinos vascos menos conocidos también inspiraron en su día a las artes. Tal fue el caso del decimonónico capitán Abaroa, cuyas desventuras utilizó Pío Baroja en su gran novela Pilotos de Altura, que relataba los repetidos viajes llenos de infortunios entre África y América del negrero Ignacio Embil. Fue concebida en 1929, años antes de que Jack Kerouac escribiera En el camino, intercambiando el océano Atlántico por la Ruta 66 de los Estados Unidos de América y un navío por un automóvil.

Por fortuna, la valía de los navegantes ya no se mide en el campo de batalla o por negocios furtivos sin escrúpulos, sino en el plano deportivo. Jose Luis Ugarte fue el primer español en participar en una regata en solitario alrededor del mundo y tuvo que transcurrir más de un cuarto de siglo para que lo hiciera el segundo, el bilbaíno Unai Basurko. En su época, nuestro amigo fue el más longevo en completar semejante proeza con sesenta y dos años.

Antes de partir hacia Newport, puerto de salida de la Boc Challenge, Jose Luis volvió a nuestra casa de Rye junto con Edith, que hablaba castellano con acento británico. Ella cumplía con todo el imaginario que le otorgo a las mujeres británicas entradas en años. Té con humeantes scones, servidos en vajillas decoradas a base de estampados florales y colores pastel es lo primero que se me viene a la cabeza. Mi hermana Lucía disfrutaba mucho cuando ella le cantaba la canción infantil: ‘Itsy-bitsy spider went up the water spout…’ mientras movía los dedos e imitaba a un araña que subía por una bajante de un canalón para sufrir después un desenlace fatal.

Los próximos meses escuchábamos con atención las noticias que mi padre traía sobre el BBVA-Expo92. Sus llegadas a puerto, las averías sufridas, los retrasos, las agónicas calmas, el choque contra una ballena que casi le hunde el barco; todo lo relataba mi padre como si fuera un serial de aventuras. Tras su llegada de nuevo a Newport, ciento cuarenta días después, cumplió una vez más con su peculiar ritual, el de beber hasta la inconsciencia.

Muchos de los participantes europeos volvían a casa cruzando de nuevo el Atlántico Norte en una nueva regata, pero con tripulación y por lo menos con el viento a favor. En esta ocasión, mi padre participó como un miembro más de la misma y fue la primera de las tres veces que cruzó en un velero el océano que separa Europa de América. Aunque la experiencia le marcó positivamente, lo pasó mal por la dureza de la prueba, la constante humedad y la austeridad de Jose Luis. El confort dentro del barco brillaba por su ausencia. Todo lo que no fueran velas, amasijos de cabos y escotas sobraba. Al parecer, incluso quitó la ducha para eliminar peso y cuando mi padre le rebatió que una ducha caliente mientras apretaba el frío podía resultar reconfortante, respondió que ‘eso eran mariconadas’, que ya se duchaba con el agua de lluvia.

Al año siguiente, en 1992, Jose Luis consiguió que le patrocinaran la Caja de Ahorros vizcaína y el Gobierno Vasco para participar en una regata aún más dura si cabe. Se trataba de la Vendée Globe, la vuelta al mundo en solitario sin escalas.

El británico Robin Knox-Johnston fue en 1969 la primera persona que navegó alrededor del mundo en solitario sin tocar tierra. Quizá mientras Jose Luis regresaba a su Vizcaya natal a bordo de su envejecido Orión, ya pensaba en seguir los pasos de su coetáneo, que en 2007 le arrebató el honor de ser el patrón de más edad que completaba la antigua Boc Challenge, ahora denominada Velux 5 Ocean Race.

La descomunal regata sin treguas terrestres partía de Sables d’Olonne y finalizaba, como es natural, en la misma localidad francesa. Su creador fue precisamente Philippe Jeantot, el encumbrado deportista francés que terminó por caer en desgracia debido a malversación de fondos y que ahora vive retirado en Tailandia.

Ugarte ya tenía sesenta y cuatro años, pero nada se le podía poner por delante a alguien que como rutina corría doce kilómetros todos los días junto a su inseparable perro con el correspondiente baño en la playa de Sopelana, nevara o tronara. Desconfiaba de los médicos y todos los achaques propios de la edad los arreglaba a base de empuje y fuerza bruta.

Indagando, me he topado con una anécdota curiosa. El famoso periodista deportivo Jose María García le entrevistó en una ocasión mientras Jose Luis navegaba por los Cincuenta Aullantes, que se corresponden a las latitudes situadas entre los paralelos cincuenta y sesenta, en pleno océano Austral, cerca del Antártico, siendo ésta una zona sometida a una mar gruesa, de vientos muy violentos y en la que los termómetros marcan entre cinco y menos diez grados centígrados.

García le conectó en directo con su mujer Edith, a la que no veía hacía meses.

– Jose Luis, ¿cómo estás? Hace días que no sé de ti y estoy preocupada. Me dicen que hay vientos terribles por donde navegas.

– Bien cariño, aquí todo tranquilo. Dime una cosa ¿qué tal está el perro? ¿lo sacáis todos los días? ¿se acuerda de mí?…

Otra muestra de su valentía quedó patente el día que recibió una carta amenazante de la banda terrorista ETA. Su respuesta fue que vinieran a por él, que les estaba esperando en su casa de Sopelana, que seguramente lo matarían, pero que él se llevaría a unos cuantos etarras por delante. Nunca pudo cumplir con su promesa porque nadie se atrevió a importunarle. Puede que al redactor de la misiva le pitaran y sangraran los oídos mientras el ‘Ugarte ese’ leía  el recado recibido intercalando todo tipo de improperios.

La salida en Sables d’Olonne la recuerdo como si fuera ayer. Fue en noviembre y mi padre pidió permiso al instituto donde estudiábamos para que pudiéramos ir mi hermana Ana y yo. Llovía sin parar, pero despedimos al bueno de Jose Luis sin saber que casi sería la última vez que lo veríamos.

Creo rememorar que fue precisamente en el océano Austral cuando una vía de agua se abrió en el imponente velero Euskadi Europa 93-BBK, llenando el interior del casco de agua salada hasta la cintura. Tal y como él temía, se le estropearon los aparatos electrónicos y mucha de la comida que le restaba se pudrió mientras flotaba en unas aguas gélidas. Desesperado por no encontrar el lugar de la rotura, esperaba con resignación a la muerte sin posibilidad alguna de rescate, por muchas gestiones que hiciera el propio Lehendakari Jose Antonio Ardanza junto al Ministerio de Exteriores español. Fue casi en el último suspiro, tras darse un golpe con el mástil, cuando logró localizar la avería, taponar la vía de agua y llegar a puerto sano y salvo con las velas hechas jirones como metáfora de las penurias vividas.

Poco después, prometió a su mujer no volver a realizar regatas de ese calibre, pero no fue la última vez que dio la vuelta al mundo, ya que unos años más tarde, con setenta y seis, volvió a emular a Juan Sebastián Elcano. Esta vez lo hizo bordo de una replica de la Nao Victoria del siglo XVI, pero ya con tripulación e incluso científicos, rememorando también a la célebre expedición Malaspina.

Tanto la personalidad como el carácter conquistador de Jose Luis no fueron fácil de sobrellevar, como suele ocurrir con todos los genios, pero Edith le acompañó estoicamente hasta el final. Desgraciadamente, la grandeza de los personajes ilustres conlleva una sombra igual de alargada que aunque no se debe olvidar, tampoco parece propio desarrollar en exceso. Con mi padre tuvo varias broncas gracias en parte a los delirantes negocios que le proponía Ugarte en Brasil, algunos puede que incluso de dudosa legalidad por los gritos que una vez les escuché intercambiar a ambos mientras hablaban por teléfono.

Tras su épica vuelta al mundo patrocinada por el Gobierno Vasco, en una entrevista le preguntaron si se sentía nacionalista, supongo que el entrevistador se refería a nacionalista vasco. La respuesta fue concisa pero rotunda:

¿Ha conocido usted alguna vez a algún navegante nacionalista?

Desde aquel instante, le retiraron todo el apoyo institucional. Quizá fue casualidad y la versión oficial de que ya le habían ayudado en el pasado y ahora correspondía promocionar a otros fuera cierta, pero no se puede esperar respuesta diferente de alguien que aunque amara su tierra, lo natural parecía ser que Euskadi se le quedara pequeña frente a la mar océana. No en vano, en una ocasión dijo a mi madre que el mejor perfume provenía del salitre.

En sus últimos días Jose Luis quedó prácticamente ciego y murió pocos meses antes que mi padre, ambos postrados en sendos hospitales sin vistas a la costa, como dos lobos de mar desubicados en una estepa mesetaria.

Fue una macabra casualidad que durante los días previos a su fallecimiento, mi padre recibiera una invitación para asistir al homenaje póstumo que le iba a brindar el Ayuntamiento de Getxo a su amigo navegante. No llegó a tiempo. En su lugar asistimos mi madre y yo al triste acto con tintes de réquiem en la casa consistorial, esta vez sí, acompañados de una fabulosa panorámica del puerto del Abra que da acceso desde punta Lucero no solo al mar cantábrico, sino a todos los mares y océanos habidos y por haber.

 

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