El caballero de amarronado gabán

Un colaborador de una revista que me gusta leer me comentó que para él, publicar su obra suponía un ejercicio que se podría ubicar entre la vanidad y la inseguridad. Creo estar de acuerdo, ya que por muy humildes que nos creamos, pretender que otra persona le lea a uno supone una cierta necesidad de hinchar el ego. Se podrá ser más elegante, más sutil, menos obvio, pero esa componente de jactancia siempre se encuentra entre la motivación creativa, junto con una gran dosis de incertidumbre por la calidad ofrecida, claro está.

Sin la vanidad del artista, una cantidad ingente de obras literarias no se hubiesen publicado nunca, pocas películas se hubieran proyectado en cines y la música se hubiera quedado sin casi ninguna de sus estrella. No cabe duda de que la inmodestia también contiene su lado positivo en este mundo maniqueo, en el cual aunque conozcamos todas las respuestas, pocos actuamos conforme a los preceptos virtuosos que tanto nos gusta manosear y casi todos terminamos por caer en los mismos pozos una y otra vez. Lo malo es que la mayoría, al no ser artistas, ni siquiera dejamos nuestra obra como compensación a nuestra conducta pomposa.

Con el alto grado de exposición cuasi mediático que sufrimos hoy en día, comportándonos como nuestro propios paparazzi, el desarrollo de la vanidad se ha multiplicado cual espora y pocos se libran de la prostitución que supone el necesitar sentirse admirados. Mucho se ha escrito sobre este tema tan recalcitrante por otro lado, como lo terminan siendo todas las generalidades.

A modo de desagravio y entrando en lo particular, unos pocos destacan cada vez más por su actitud modesta con la que paradójicamente enseguida nos identificamos, pero que sin embargo se encuentra en las antípodas de esta realidad tan vana a la que nos vemos abocados. Lo dicho, conocemos demasiadas respuestas que no sabemos aplicar.

Recientemente, durante una cena improvisada, un amigo se acordó de un compañero de universidad al cual le tengo más que aprecio. Nunca ha sido alto, ni luce una frondosa melena o un cuerpo atlético, más bien todo lo contrario. Desde joven sufre una calvicie incipiente y su baja estatura disimula algo sus kilos de más, al no gozar de una gran envergadura.

No era inusual verlo con barba de tres días, cuando las barbas se afeitaban en vez de cuidarlas con aceites y creo recordar que toda la carrera la hizo vistiendo el mismo plumífero marrón, los mismos vaqueros negros y un jersey gris más bien propio de los chándales de algodón que usábamos de niños. Dudo que fuera por falta de recursos, ya que conducía un Mercedes, eso sí, ni mucho menos se trataba de un deportivo último modelo. Simplemente no le daba importancia a la moda, tampoco a su coche blanco, a juego con su apellido, porque fardar no entraba en su forma de entender la vida.

Si la primera impresión o mejor dicho, un mirada lejana, fuera realmente la que contara, mi colega universitario pasaría desapercibido, porque hay gente que no se puede resumir en una foto. Otros sí y se les podría aplicar el dicho de que visto un hombre, vistos todos. El personaje decimonónico Bazarov de Padres e Hijos no erraba del todo cuando defendía con arrogancia que los botánicos no se paran a estudiar todos los árboles de un bosque, sino que se centran en uno de cada especie, como metáfora de la repetición de personalidades. Simplemente le faltó matizar que la dificultad reside entonces en identificar a las diferentes especies o bases canónicas, una de las obsesiones algebraicas por antonomasia.

Mi compañero de cena recordó que antes de conocerlo, hace muchos años, un día él se encontraba dubitativo durante un examen en un aula inclinada, pudiendo ver claramente lo que escribían las dos personas de delante. Una de ellas redactaba de forma ordenada, segura, con la espalda recta y emperifollada en exceso para un examen. La otra parecía que no había dormido en toda la noche y se había presentado al examen sin afeitar, casi en pijama después de estudiar apresuradamente toda la noche la materia en cuestión. Ante la duda, mi amigo eligió lo que todos hubiésemos escogido y copió de la persona equivocada, porque quien tenía razón y acertó en la respuesta fue Agustín, no quien parecía saberla. Una anécdota que le resume por completo.

El hombre discreto según la acepción cervantina existe y Agustín es claramente uno de sus máximos exponentes. Nunca le he visto pretender destacar en nada, como quien tan seguro se siente de sí mismo que no necesita proclamarlo a los cuatro vientos. Tal es la confianza depositada en su persona que ni siquiera necesita demostrar su valía como ingeniero y es capaz de aceptar con naturalidad trabajos sin cualificar que le ofrecen, casi a modo de favor que le hace al empleador.

Valía que en realidad ostenta, porque mientras los demás nos conformábamos con intentar ser máquinas de aprobar exámenes, él parecía digerir las materias hasta que formaban parte de su ser y aún a día de hoy puede hablar de ellas con criterio, e incluso más interés que los que mostraban muchos profesores. Pero Agustín lo negará todo y soltará algún chiste para despistar, para que nadie piense que su erudición realmente existe. Cuando le felicitan por su cumpleaños, alega que con los años seguirá esforzándose por seguir cometiendo los mismos errores y tener los mismos defectos.

Pocas veces le he visto de mal humor, ni tener una mala palabra para nadie, salvo ironía ingeniosa e inofensiva bajo una risa burlona.

‘Resulta curioso cómo a medida que se acerca la fecha de entrega de cualquier trabajo, lo que antes no servía, empieza a parecer maravilloso’, pudo decir un día cualquiera antes de entrar a clase, mientras colocaba su jersey bajo el brazo junto a su carpeta, porque los días de canícula y las prisas de fin de curso comenzaban a apretar. Una cura de humildad ante las grandes expectativas que se transforman en tristes realidades y que traspasa la vida académica para adentrarse en la vida laboral o incluso en la vida misma. Lo que no nos vale a lo veinte, nos gusta a los cuarenta y soñamos con ello a los sesenta. La frase nunca será cabecera de ningún eslogan, pero retumbará por mi mente tanto como el chiste de la transición: ‘¡Vóteme, a Ud. que más le da!’ Ambas esconden toda una forma de ver las cosas muy enraizada en nuestra cultura, mezclando ingenio, algo de verdad, un poco de pereza, alejamiento de los problemas propios y una cierta resignación que nunca nos llevará muy lejos, pero que hace cierta compañía y algo calienta. Nada que ver con las frases pretenciosas que al final terminan por decepcionar del todo y lo dejan a uno helado, ya sea para bien o para mal. Podrían haber sido escritas por algún algoritmo computacional y dicen lindezas como: ‘Cuando quieres algo, el universo conspira para que lo consigas’.

Sin que él lo sepa, Agustín muchas veces se comporta como el príncipe Siddharta y los demás también inconscientemente le escuchamos como Govindas, porque algo de Buda desprende, algo irradiador de paz que está claro que posee. Para la mitología queda el día en el que resistió estoicamente la guasa en bucle de ser llamado: ‘¡Hamburguesa, hamburguesa, hamburguesa!…’. Dice la leyenda que Agustín solventó el asunto haciendo gala de las habilidades que le otorga el ser cinturón negro en kárate para propiciar un único puñetazo a su hostigador. Hecho que luego desembocó en una gran amistad entre ambos, quedando zanjado para siempre su afición tanto por el buen comer, como por el mal comer, porque nunca he visto a nadie más brillarle así los ojos mientras hablaba sobre los kebabs de Estambul.

Otra de las facetas de las que menos fanfarronea es la conocer medio mundo gracias a los viajes que hacía con sus padres y hermana, en una época, la universitaria, en la que no se estilaba pasar tiempo con los padres de uno, sino más bien pasar de ellos. Su vasta cultura de trotamundos resulta una maravilla escucharla, porque proviene de un relato sencillo y sin adornos. Lo mismo puede hablar de los Masai que de la vieja Rusia o los bosques de Canadá, sin necesidad de mostrar fotografía alguna, porque no me extrañaría que ni siquiera se molestara en tomarlas. Si el destino lo permitía iban siempre los cuatro: padres, hermana y él en una furgoneta tipo Westfalia, me imagino que algo desgastada y con un presupuesto ajustado, fruto de la falta de necesidad de las piscinas infinitas varias que tanto nos pierden.

Me dio mucha pena cuando me enteré de que su padre había fallecido de cáncer de colon. Trabajaba como profesor en el escuela de Náutica de la Universidad de Cantabria y transmitía la misma tranquilidad y serenidad que Agustín, característica extensible a toda su familia. Tal desgracia no logró romper en pedazos la sociedad viajera, ya que los tres siguen visitando países a menudo. No hace mucho, Agustín estuvo horas hablando por teléfono con Noe sobre la idea de recorrer Irán en coche con su madre y hermana. Condujo diez días por un país en el que se tiene muchas más probabilidades de morir en accidente de tráfico que en un atentado terrorista. Todo para que su madre no se cansara al viajar en autobús. ‘¡Cómo no te va a caer bien alguien al que ves en las fiestas de tu pueblo tomando vinos con su madre!’, me comentaba el amigo de la cena que inspiró el presente relato.

Cuando Agustín terminó la carrera, comenzó a trabajar como ingeniero en empresas modestas de Cantabria hasta que la crisis del sector finalmente se lo llevó por delante. Con toda la calma que le caracteriza, decidió ir a Londres a estudiar inglés. Durante las clases en una academia, le ofrecieron ejercer de conserje de la misma y él aceptó sin que se le cayeran los anillos después de tantos años estudiando una carrera de supuesto prestigio. Pasaba los días en soledad visitando el British Museum, centrándose cada día en una única sala hasta la extenuación. Todo lo contrario que la media hora que le dedicamos Noe y yo en nuestra última visita y de la cual solo recuerdo ver la piedra Rosetta que descubrió el gran egiptólogo Jean-François Champollion.

También aceptó trabajar como camarero en acontecimientos sociales y no pocas risas nos echamos Noe y yo con él aquella tarde en la cafetería del Museo de Historia Natural de Londres. Nos relataba la vez que fue a servir a las carreras de Ascot y lo mucho que le estimaban los esnobs debido a su tez blanquecina, comparada con el resto de inmigrantes que ese día servían. Por una vez, Agustín disfrutaba del glamour que siempre se le había negado y él mismo se reía de ello, a la par que no comprendía cómo no le dejaban comer los canapés que sobraban, con la buena pinta que tenían.

Volvió a España en parte porque la amistad que surgió de un puñetazo le instigó, alegando que echaba su vida a perder en Londres con trabajos de poca monta. Puede que tuviera razón o puede que no, porque parece que Agustín ya se realizó en una vida anterior, ya cumplió con todos y con todo y ahora simplemente se dedica a disfrutar de sus logros. Aun así, su antiguo rival le propuso que se presentara a unas oposiciones del Cuerpo de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos del Estado como él mismo había hecho y con la misma naturalidad que siempre, las estudió y las aprobó en seis meses, como no podía ser de otra forma. Ahora trabaja en Madrid y siempre que puede acude a Cantabria a ver a su madre, hermana y amigos.

Me resulta difícil imaginar que alguien no pueda disfrutar de su compañía después de pasar cinco minutos en su presencia. Algunos incluso se atreven a atribuirse sus bondades, como si fueran vasos comunicantes y en contra del refranero, piensan que incluso la hermosura se pega. ‘¡Cómo no voy a ser buena persona, si soy amigo de Agustín!’, he llegado a oír alguna vez.

Por obvio que parezca, no conocí a San Agustín de Hipona que luchó precisamente contra la vanidad durante los siglos IV y V con frases como:

‘La vanidad de la gloria humana no trae nada de comer, sino viento y vaciedad’

En cambio, sí puedo presumir de ser amigo en la lejanía de San Agustín Blanco, que también lucha con pachorra y a su modo contra tal pecado capital. Pero que nadie espere que emule a Girolamo Savonarola y reproduzca en Madrid o Santander la famosa hoguera de las vanidades, ya que repetirla, en realidad, se podría considerar como un engreimiento más.

 

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