Frases hechas y una boda

Si huyera de las frases hechas, me encontraría con las palabras hechas, de las cuales me alejaría hasta llegar a las letras hechas en una fuga hacia ninguna parte, envuelto en un idioma incomprensible. Algo parecido podría haber pensado mientras el padre y flamante cuñado de un amigo se disculpaban por apoyarse en tópicos cuando dijeron unas palabras en su boda hace un par de semanas.

Como Christopher McCandless, quien inspiró a Sean Penn para rodar su magnifica Hacia Rutas Salvajes, intento escabullirme de la sociedad al evitar las expresiones más erosionadas por el uso. Pero como él, solo encuentro una devastadora soledad que me impide, entre otras cosas, bailar en la boda del susodicho amigo. Quizá exagere en mi aversión, pero todo comenzó cuando se le ocurrió a Noe escuchar en el coche la narración de Don Quijote de la Mancha, lo cual duró varios meses. En uno de los pasajes, Sancho Panza soltaba una retahíla de refranes a modo de amenazante metralleta tan extenuante que incluso debe ser frenada por el delirante hidalgo debido al hartazgo que le provoca. Parece como si el espigado caballero se saliera de su papel etéreo y se diera de bruces con una realidad en la que debe poner orden de inmediato.

Un viernes por la tarde de junio, salimos de Oviedo bajo la lluvia con el cielo grisáceo que normalmente acompaña a los norteños, pero que pronto se desvanecería al cruzar el magnífico puente de Fernández Casado. El desierto pajizo castellano se convirtió por una vez en un paisaje con aspecto exuberantemente verde, rebosante de agua, casi eutrofizado pero lleno de vida. Mientras tanto, Laura y Silvia nos daban muestra de cómo funciona en la actualidad el mundo de la noche, apoyado en aplicaciones tecnológicas tipo Whatsapp. Sus historias se parecían a las que contaban los indianos que regresaban de países lejanos a unos oriundos que veían en sus hazañas epopeyas fuera de su alcance.

Atravesamos numerosos pueblos de nuevo, como tantas veces, siempre empobrecidos por una continua despoblación. Muchos parecen abandonados y solo los más distinguidos disponen de algún apenado club de alterne y edificios altos cuadrados sin ventanas que parecen cárceles, pero ejercen de silos. A pesar de la tristeza, no hay lugar para el lamento ni la empatía cuando se circula a más de cien kilómetros por hora.

Nuestra intención era parar a cenar en el fabuloso Hotel Landa a las afueras de Burgos, pero nos equivocamos y terminamos en el Hotel Landilla, cuyo nombre lleno de ironía, ya presagiaba un rebaje considerable de categoría y así fue.

Cuando llegáramos a nuestro destino, un pueblo perdido de la provincia de Guadalajara, nos encontraríamos con viejos amigos, algunos de los cuales no veíamos desde hace casi veinte años. Durante el trayecto, un cierto halo tembloroso me perseguía a unos metros del coche por el temor del rencuentro con personas que hacía tanto que no veía y sobre todo, recelaba del momento -¿Qué tal?-. Una pregunta de cortesía para la cual se devuelve un automático -Bien, ¿y tú?-, pero que en realidad esconde una complejidad extrema.

Responder –Pues francamente, ¡no lo sé!-, sería más acertado, pero no parece la mejor forma de retomar una amistad. Más que nada, porque pensarían -si no lo sabes tú…- La verdad es que puede que nadie domine ciertos aspectos del conocimiento interior de las personas.

Al igual que la administración pública en la que depositamos nuestra fe, por ejemplo, michas veces no conoce con certeza las redes de saneamiento que discurren bajo sus calles, lo cual sorprendería a muchos, yo no puedo asegurar con convencimiento lo qué se encuentra bajo mi piel. Algo habrá, pero puede que sea tan feo y correoso como las cloacas de una ciudad construidas en ocasiones sin una gran planificación, sino a base de parches e incongruencias. Tuberías mal conectadas de diferentes materiales y pendientes inadecuadas que alguien enterró para nunca jamás ser vistas y que sin embargo, al fin y al cabo, llegan a desempeñar su función, porque la mayoría de los días ni siquiera notamos su presencia. Lo mismo ocurre con las personas, ya que rara vez mostramos al exterior nuestras locuras, neurosis y cochambres varias, pero todo más o menos funciona.

Que una administración del Siglo XXI, como si los demás siglos no fueran los más avanzados en su época, reconozca que no sabe lo que tiene bajo sus pies, supondría una decepción tan grande al contribuyente como si se responde, -¡Qué sé yo!- a la gran pregunta que comienza casi toda conversación.

Fue después de desayunar cuando nos encontramos con Eva, Elena y Rafa. La noche anterior ya habíamos departido con Esti y Gorka. Al vernos más a menudo, no hubo sobresalto alguno. En realidad, a Gorka no lo conocíamos y el único miedo provenía de defraudar las expectativas tan altas que teníamos. Relacionarse con matemáticos siempre es un aliciente para el espíritu, porque terminan siendo filósofos.

La aprensión se desvaneció rápidamente ya que Rafa, al cual tampoco conocíamos, resultó ser muy afable y además compartíamos aficiones. Con Eva y Elena no hubo grandes vacíos, que es otro de mis grandes temores, reencontrarse con alguien del pasado y no saber ni quién es, ni que decir. Ni siquiera hubo que recurrir en demasía al nexo común de todos, la estancia en una ciudad al norte de Inglaterra llamada Leeds, a la cual le hace sombra Manchester.

Casi todos nos tratamos desde hace mucho, pero he de decir sobre uno de los protagonistas del fin de semana que él fue el primero de todos con el que me relacioné. Recién llegado a la Universidad de Leeds, lo encontré por la calle y pensé -¡Mira! un español-. Su chaqueta marca Barbour o similar y zapatos náuticos o similar lo delataban. Dicha vestimenta clásica para un veinteañero podría haberme enredado en múltiples prejuicios sobre su persona, los cuales afortunadamente deseché, porque lejos de encontrarme con alguien convencional, a lo largo de los años me ha demostrado todo lo contrario con sus viajes y vivencias profesionales en el tercer mundo.

Sí, parecía un adulto maduro incluso durante aquellos años y no pegaba demasiado con mis formas destartaladas cuasi tontunas. Estudiaba economía, algo que solía provocar rechazo en muchos jóvenes por asociarse a los trajes de chaqueta con corbata. Pero Carlos, con su elegancia y aplomo personal, no desencajaría ni en un concierto de Eskorbuto, por su saber estar y apertura de mente, aun sabiendo que sus gustos musicales distan mucho del rock radical vasco. Tampoco me extrañó cuando me contó que le habían nombrado delegado en África de una importante empresa de ingeniería española. No me pareció inusual ver un economista en un puesto reservado normalmente a ingenieros de caminos. Es más, incluso aplaudí la valentía de unos directivos al dejar de lado el mantra de que a las empresas de ingeniería solo pueden representarlas ingenieros. Si algo bueno ha tenido la crisis económica de estos últimos años es la bajada de humos que ha sufrido la profesión.

Puede que a Carlos le haya costado distinguir entre una E.D.A.R, una E.T.A.P y una E.B.A.R, acrónimos asociados a la ingeniería hidráulica, pero su don de gentes y capacidad de engullir retos le permite capearlo todo con mucha dignidad. En la actualidad cambió África por China y viaja constantemente al país asiático en el cual se encuentra a menudo con otro amigo común, Edgar, del cual se podría escribir un spin off de interesante de este relato. Cuando me contó que junto a su pareja Begoña iban a construirse una casa, lo cual se les juntó con la llegada de su hija Olivia, me provocó estrés ajeno instantáneo, pero él transmitía tranquilidad aunque sus cañerías pudieran pensar lo contrario.

El año pasado, me pidió el correo electrónico de Noe para escribirnos unas líneas. Yo pensaba que se trataría de una oferta de trabajo, pero fue la invitación a su casamiento con Begoña.

Comimos y bebimos en demasía y al final del banquete Carlos habló de forma distendida sobre cómo conoció a Begoña y agradeció a todos los asistentes de diferentes partes del mundo el haber acudido. Se olvidó de sus amigos de Leeds y aunque pidiera ayuda por si estuviera dejando de lado a alguien, no dijimos nada. Más vale poderle reprochárselo el resto de su vida que sentirse ninguneado por un instante. Después se dio cuenta y nos lo recriminó, pero ahora en adelante se esforzará más en ser nuestro amigo. Porque el remordimiento es un regalo que nunca termina, tal y como rezaba un cojín bordado con punto de cruz colocado sobre una silla en la casa de la suegra de mi hermana Lucía.

No hubo mucho tiempo para conversar con los novios, pero lo suficiente para que nos comentaran que la luna de miel la pasarían en Galicia. Hartos los dos del exotismo extranjero, decidieron probar con el exotismo patrio y celebro la decisión ya que en el fondo muy oscuro de mi ser puede que sea un sentimental y su viaje en coche a paradores como el de Santo Estevo en Orense me retrotraen a los viajes de nuestros padres e incluso abuelos por el mismo motivo. Mucho más apetecible me parece visitar las iglesias románicas escogidamente abandonadas en bosques musgosos que el hotel del caribe con todo lo que no quiero incluido.

Lo dicho, en su boda no bailé, porque en vez de soltarme al son de The Village People como se debe hacer en toda boda que se precie, dediqué el momento más desinhibido del encuentro a mantener una interesante conversación con Noe y el joven matemático. A trompicones, pudimos comentar temas como la teoría de juegos, la irrupción de las cadenas de bloques y el equilibro que podría suponer a nivel mundial la inserción masiva de dicha tecnología. Se descentralizaría el poder y ejercer el mal no merecería la pena. Entre tanto, un detalle que no me pasó desapercibido fue que apartó una mesa para facilitar que pasara una niña sin que ella se lo pidiese. Probablemente ella ni se dio cuenta, pero a las personas atentas con los demás no les suele importar demasiado.

En mi afán incrédulo, me temo que descentralizar el poder resultaría inútil, solo cambiaría de manos. En la antigüedad, los poderosos disponían de ejércitos, ahora acumulan dinero y en un futuro próximo atesorarán datos y más datos, todos ellos unidos para formar grandes cadenas que se asociarán a una persona mediante un código para mantenerla en el anonimato. Se podrá trazar cada hecho, con lo cual ya no valdría la pena la corrupción porque sería imposible ocultarla. Puede parecer fascinante, tanto para bien como para mal. No veo fácil llegar a ello y más con la paranoia que creó en muchos la lectura de 1984, por cuya causa ahora nos vemos abocados a la sospecha de que Google nos espía constantemente. A mi personalmente no me importa demasiado porque casi todo, incluidas las obsesiones ajenas a la neurosis, me dan mucha pereza.

Creo que todo seguirá parecido en el siglo XXIII. Algunos robarán y acapararán toda la atención y muchos, callados sin que se note, harán por ayudar al prójimo, o por lo menos no lo machacarán y solo gracias a ello se mantendrá un cierto equilibrio. La perogrullada del día sería comentar que la inercia es lo que realmente mueve al mundo y la cultura no es otra cosa que una forma de la inercia, repetición de lo que otros han hecho anteriormente. Por eso, en las bodas siempre suena I Will Survive y por mucho que intente escapar, no podré. Tampoco me convendría. Los tópicos en su justa medida son necesarios para mantener la cordura y no hallarse perdido, con lo cual qué mejor que una sensación bastante común para redefinir mi relación con ellos: El amor-odio.

Sí, debería haberme tomado unas copas y bailado la conga. O por lo menos, haberle escrito estas palabras antes de la boda y no después. Ni siquiera seguí los postulados de nuestro amigo común Jorge cuando habla del futuro utilizando el pretérito pluscuamperfecto del subjuntivo. Me parece una forma brillante y delicada de no comprometerse con algo y a la vez lamentarse en comunión con los demás por no haberlo hecho. Antes de la boda podría haber dicho: -Hubiera estado bien decir unas palabras sobre Carlos en su boda-. Ahora también lo hago, pero con menos gracia.

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