Polonia Express

A finales de junio de 2008, nos fuimos de vacaciones a Polonia con unos amigos. La primera noche, que pasamos en Bydgoszcz, me llegó un mensaje de mi jefe. No tenía nada que ver con el trabajo, sino con que España había pasado a semifinales de la Eurocopa, ganando a Italia en la tanda de penaltis. Le contesté y ahí terminó la conversación. A veces echo de menos la cultura lacónica del sms.

En aquel viaje visitamos Torun, ciudad medieval a las orillas del río Vístula que vio nacer al discreto astrónomo Nicolás Copérnico. Tanto lo era, que su teoría heliocéntrica se publicó el mismo año de su defunción. Paseamos por las calles adoquinadas de Gdansk bañadas por el salitre del mar báltico, en la cual el sindicalista y posterior presidente de Polonia, Lech Walesa, lideró una sangrienta huelga en los años setenta del siglo XX. Caminamos por los imponentes bosques de Białowieża en la frontera con Bielorrusia, hogar del bisonte europeo y utilizados como coto de caza por los reyes polacos y zares rusos. Coronamos el pico Rysy, cumbre más alta del país en los montes Tatras y que linda con la frontera eslovaca.

Me quedé impactado por la visita a Wolfsschanze, la guarida del lobo de Adolf Hitler. Una serie de búnkeres con paredes de dos metros de espesor ubicados en mitad de un bosque al norte de Polonia. Aunque se construyó para proteger al Führer, fue precisamente allí dónde casi se consuma el fallido intento de asesinato del hombre más odiado del siglo XX. Después de que la conspiración se diluyera, Hitler ordenó su demolición, pero a pesar de utilizar fuertes explosivos, les resultó imposible destruirlo del todo. Los escombros han sido tomados por la naturaleza, asemejándose a los templos de Angkor en Camboya o a la casa que el arquitecto Ricardo Bofill construyó en una fábrica de cemento. La lucha encarnada entre un hormigón moribundo y la naturaleza siempre me ha parecido interesante.

También descendimos hasta las minas de sal de Wieliczka, que albergan entre otras maravillas, una capilla tallada por los mineros que en ellas trabajaban a más de trescientos metros de profundidad y un lago subterráneo.

Comprobamos cómo la juventud polaca en un afán de rebelión, sigue los dogmas católicos para contrarrestar tantos años de comunismo ateo. Se demuestra una vez más la teoría de la relatividad de casi todo. Vivimos el gol de Fernando Torres contra Alemania en un bar de Varsovia, cortejados por los vítores polacos y silbidos al traidor nacional Podolski. Contemplamos las reminiscencias de la arquitectura comunista con vocación de representar un elefante con lencería de encaje.

Nos dio tiempo a recorrer el campo de concentración de Auswitch. Conocíamos el famoso y cínico eslogan de la entrada, pero no el macabro orden nazi a la hora de colocar montones de zapatos, gafas, libros y demás enseres de los judíos.

En Cracovia, además de asistir a una peculiar representación de la ópera Fausto de Gounod en un hangar del museo de aviación, también pudimos disfrutar de otra variante de la gran tradición musical de la ciudad en forma de conciertos de cámara en iglesias. Nos acercarnos a unos de los chakras hinduístas que supuestamente se encuentra en el castillo de Wawel. El mito cuenta que el dios hindú Shiva lanzó siete piedras mágicas, fuentes de una energía extraordinaria, hacia siete partes del mundo. Una de las partes aterrizó precisamente en Cracovia. No noté nada en particular.

Volvimos a España en avión mientras Rafa Nadal jugaba contra Roger Federer. Posiblemente se trató del mejor partido de la historia de Wimbledon. Llegamos a casa y la épica todavía no había concluido. Si los campeonatos de fútbol entre naciones han sustituido a las guerras, los duelos entre caballeros han evolucionado hacia el tenis.

Una semana después visité a mi padre en el hospital de Valdecilla de Santander. Le acababan de ingresar. Pasé la noche con él, en una butaca y le felicité por su cumpleaños. Le narré nuestro reciente viaje, acompañados siempre por el fuerte olor a bilis que emanaba de su sonda. Lo desagradable e incómodo ayuda a darle consistencia a nuestros recuerdos y de algún modo reequilibra la psique.

Él me preguntó:

-¿No serás de esos que viajan sin saber a dónde van, ni lo que ven?-

Le contesté que no, mintiendo solo a medias, ya que me preocupo poco, o nada por los preparativos. De dichas fruslerías se ocupa Noe. Se podría aseverar que no sé a dónde voy. Solo después me intereso por el lugar visitado para poder fijar así todo lo aprendido a posteriori con mayor facilidad. Me pareció una respuesta demasiado larga para la ocasión, para la fatiga que atenazaba a los dos, especialmente a él. Sonaba a excusa.

No le pude contar más viajes porque falleció un diez de octubre de hace diez años. Nunca lo había hecho consciente, pero la pregunta que me hizo quizá sea el motivo por el cual mis relatos de viajes incluyen casi siempre alguna anécdota histórica del país visitado. Una penitencia con la que no me importa cargar.

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