Eddie Vedder y un día por Madrid

En la actualidad, resulta habitual oír quejas entre bambalinas, sin que nadie se entere, del poco sabor de la fruta, la verdura o la vida en general. La sensación insípida suele provenir de la inflación artificial que supone pretender vivir en público atiborrados de filtros camufla-todo y esteroides, creando así músculos voluminosos, pero sin sustancia.

El querer aparentar lo que no se es no es nada nuevo. Ya los nobles venidos a menos de las cortes de la Castilla medieval se colocaban migas de pan en la barba para hacer creer que habían comido y cuando era pequeño siempre se hablaba de ciertas familias que bajaban las persianas de su casa en verano, sin salir de ella, para que los vecinos creyeran que se encontraban de vacaciones. Hacerlo ahora sería de las mayores provocaciones posibles, emular a aquel escritor que viajaba por su casa y dedicar las vacaciones a descansar.

El hecho diferencial hoy en día es que dichas exageraciones de la verdad en todos los sentidos no duran más de dos minutos, ni la alegría, ni la tristeza, ni el camino que separa lo uno de lo otro, con lo cual, lo único que obtenemos consiste en una impresión transitoria de ir de conmoción en conmoción sin interiorizar nada.  Debido a ello, cuando la sensación de bienestar dura más de una semana, la extrañeza es tal que solo me puedo retrotraer a la infancia para encontrar un punto de comparación.

Después de ir al cine me podía pasar meses jugando a formar parte de la película en cuestión, o quedarme embobado con los fotogramas de las mismas que colocaban en una vidriera a modo de tráiler. Algo parecido me ha sucedido con el concierto de Eddie Vedder en Madrid. He tarareado hacia dentro muchas de sus melodías en los lugares más insospechados, incluso días después de volver a casa. También me puse a investigar.

He descubierto grandes pasajes de su biografía que desconocía, como la entrevista que le hizo Maricor en el vigésimo aniversario de Pearl Jam en 2011. Maricor no es ninguna estrella mediática, sino una chica discapacitada que habla a través de una voz enlatada, al igual que lo hacía Stephen Hawkins. En dicha charla, Eddie Vedder le comenta que están encantados de celebrar la efeméride cantando para el Bridge School Benefit. En los Estados Unidos de América es usual que grandes estrellas colaboren en eventos recaudando fondos, pero que lo hayan hecho de modo continuo durante un cuarto de siglo, ya no lo es tanto y más cuando eran jóvenes. Con esas edades, las estrellas de la música suelen prestarse a otros menesteres más glamurosos, como destrozar sus vidas a base de alcohol, drogas y dilapidar fortunas.

Eddie Vedder siempre se contuvo. Cometía sus locuras, véase trepar por los andamios de los escenarios hasta alcanzar alturas vertiginosas para luego dejarse caer sobre el público, pero no iban más allá. De aquella generación de cantantes que triunfaron etiquetados como grunge, creo que es de los pocos que ha sobrevivido. Andy Wood, Kurt Cobain, Layne Staley, Scott Weiland, Chis Cornell, casi todos terminaron por suicidarse o fallecieron de sobredosis, que es casi lo mismo. Lo curioso del caso es que si Eddie Vedder triunfó, la oportunidad se la debe precisamente a la desaparición de Andy Wood con la posterior disolución de Mother Love Bone. Fue en 1990. El grunge no era un estilo musical a imitar, todavía se consideraba de pringados. El bajista Jeff Ament y guitarrista Stone Gossard no sabían si dejar la música para siempre o seguir adelante después de la tragedia sufrida por el carismático rubio. No solo no lo dejaron, sino que encontraron a un surfista en California que les cautivó y gracias a él les llegó a todos el éxito.

Al concierto acudimos con el miedo que supone que no viniera el resto del grupo, que se tratara de una pantomima sosa de cincuentón acabado que no tiene mejor cosa que hacer que darse un garbeo por España para tomarse unos vinos, pero nada más lejos de la realidad. Fue un espectáculo mayúsculo de alguien que está en paz consigo mismo y con el mundo, que le basta con su voz grave para rellenar el espacio.

Las entradas las compramos por Ticketmaster a un precio desorbitado. Parece que al final llegaron a un acuerdo y nada queda ya de esas luchas descarnadas de juventud que mantuvo Pearl Jam contra la multinacional. La comodidad siempre gana y si uno sigue con sus principios hasta el final, lo mejor a lo que puede aspirar es a convertirse en un extravagante inadaptado a lo Serpico. De agente que saca a la luz todos los trapos sucios del departamento de policía a Nueva York pasó al ostracismo y en la actualidad vive como un bohemio en Nueva Inglaterra. Sidney Lumet, de no haber muerto, podría haber dirigido una gran secuela de su película tan aclamada en los años setenta del siglo XX.

En cambio, si se sucumbe, uno se convierte en alguien simpático que a todo el mundo le cae bien. Eddide Vedder se mostró relajado y un poco ajeno a las grandes reivindicaciones pasadas. Como cuando en mitad de la canción Porch en su memorable concierto acústico de la MTV y gracias a los momentos más movidos de la canción, con cierta dosis de suspense, se iba dibujando en el brazo las palabras: Pro Choice, que viene a decir que se está en contra de penalizar el aborto. Quizá en eso consista madurar, en fijarse más en saludar a los niños que acompañaban a sus padres y bromear con ellos al agradecer a los retoños que trajeran a sus progenitores, que en grandes teatralizaciones que pretenden arreglar el mundo y solo quedan en escenificaciones más o menos ilustres, pero con poco recorrido.

Uno de los momentos nada bochornosos fue el homenaje que hizo a su difunto amigo Tom Petty al tocar Wildflowers, una bonita canción que Tom escribió cuando se separó de su esposa, a la que veía a como una flor silvestre que debía vivir su vida en el campo sin ataduras.

También se acordó de la muerte del manager de Neil Young y su última canción fue precisamente Rocking in the Free World. Mucho le debe Pearl Jam a Neil Young. Creo que gracias a él aprendieron lo qué significa la estabilidad y el equilibrio, algo muy difícil de conseguir en dicho negocio.

Pero el momento más emotivo para mí fue escuchar Black. Una de las canciones más bonitas que haya oído sobre las consecuencias de una relación rota. 1991 fue un buen año en cuanto a creatividad musical. Si Breaking the girl de Red Hot Chili Peppers relataba los comienzos de una relación amorosa, en I’ve could have lied trataba el momento en el que mentir hubiera evitado el fin de la relación. Pero el idilio sí se rompió y aparecía entonces Black de Pearl Jam, con ese final que pone los pelos de punta en los conciertos cuando grita con desesperación que tendrían que seguir juntos.  Todo esto ocurría en mi imaginación, porque los personajes de las diferentes canciones nada tienen que ver entre sí, pero a veces se crean esperpentos y las vidas de los superhéroes de tebeo se cruzan. R.E.M también compuso en ese mismo año mi canción favorita del grupo y la de su cantante. Se llama Country Feedback. De nuevo trata sobre lo que pudo haber sido, pero quedó marchito gracias al desgaste, a los bucles sin salida en los que podemos meternos. Puede que las canciones contengan un trasfondo triste, pero consiguen trasmitir veracidad porque hacen gala del famoso: muestra, no digas.

Un pisapapeles, un garaje de chatarra, la lluvia de invierno, un tarro de miel…

Si la alegría fuera tiña, cuantos tiñosos habría, pero gana siempre el desconsuelo y es lo que se contagia con mayor facilidad a través de cierta música.

Reconozco que Noe y yo siempre llegamos un poco tarde a todo: a los lugares, a las citas con amigos, al matrimonio y en esta ocasión no fue distinto. Llegamos al concierto sin margen. La sobremesa se alargó y aunque el amigo con el que comíamos alquiló por teléfono un coche eléctrico que nos permitió cruzar Madrid a una velocidad endiablada gracias a la aceleración sin límites de dichos vehículos, no fue suficiente. Desde Tirso de Molina al Palacio de los Deportes, llamado ahora Wizink Center no se tarda cinco minutos, por muchas señoras que asustábamos a nuestro paso. Lo bueno del despiste fue que significó que hubo conversación animada con una amistad a la que vemos en contadas ocasiones y eso no se puede desperdiciar. Las relaciones se mantienen unidas por hilos frágiles que tienden a desaparecer si no se tira de ellos con frecuencia. La tentación de consultar el móvil durante una charla que agoniza es alta, como quien sale a fumar para evadirse de la pesadumbre de un funeral, de una guerra o del vacío, pero no fue así en esta ocasión.  Ayudó el buen ambiente creado por el estilo barroco del restaurante a lo Kubrick, que consiguió representar un futuro que todavía no ha llegado, a pesar de que el año 2001 ya quedó en la recámara hace tiempo.

A Madrid, a la que años atrás la desdeñaba por fagocitar personas entre atascos y contaminación, ahora la veo como una ciudad llena de árboles y de sol permanente. Quizá porque no la sufro a diario. Solo veo su cara bonita. Cuento los bares de Antón Martín para comprobar si sigue habiendo más que en toda Noruega y aunque una habitación en Atocha no quede cerca del cielo, siempre que veo la parada de metro de Tirso de Molina, solo quiero buscar las de Sol, Gran Vía y Tribunal. En la cuesta de la antigua calle Tenerías ya no queda vestigio alguno de la sangre de las reses transportadas desde el matadero cercano al río Manzanares hasta las curtidurías, solo permanece el nombre de un mercado al aire libre: El Rastro. En él, se sigue viendo a ancianas revolver entre ropa que venden unos tenderos con inclinación a vociferar.

Son el último reducto del comercio ajeno a la comodidad de Amazon Prime y aunque todavía no puedo demostrarlo, sé que por muy fácil que me haga la vida el invento de Jeff Bezos, el precio a pagar es el aplacamiento lento del alma sin poder siquiera evitarlo. Lo supe al observar a una señora que tendría setenta y todos años mientras intercambiaba impresiones con un vendedor sobre una cadena plateada. Los dos se encontraban junto a trastos inservibles que jamás serán vendidos, pero que son transportados de un lado para otro cual desafío poético a un manual de eficacia. No conseguían ponerse de acuerdo sobre el precio y ella insistía en que quedase bien grabado: Te quiero Mamá. El señor lo apuntó en una libreta y dijo que estaría lista el sábado siguiente, tranquilizando así a la anciana, visiblemente nerviosa. A mí se me hizo un nudo en la garganta al presenciar una escena así. O bien la pulsera era para su madre ya centenaria que se encontraba en casa sin movilidad alguna o viviendo sus últimos días en el hospital, o puede que se la comprara para que su nieta rebelde tenga un detalle con su madre que pasa por un mal momento. No contemplo la posibilidad de que la pulsera fuera para ella.

Minutos después, entramos en una tienda de comics abarrotada con pilas de tebeos que los días de mercado se sacan a la calle. Mientras ojeábamos de mala manera lo que había dentro de la tienda, el dueño, bajo el quicio de la puerta y luciendo una barriga sin estar demasiado gordo, adornada con una camiseta de Los Cazafantasmas, contaba su viaje a Vietnam y Camboya a un anciano que paseaba a su perro. El señor asentía con una mezcla de asombro y distancia emocional al monólogo sobre las bondades de Ha-long Bay y Angkor, como lo pudiera hacer yo si el mismísimo Neil Armstrong me hubiese relatado los paisajes enigmáticos de la cara oculta de la luna. Hay lugares cuya lejanía impide apreciarlos porque no se pueden ni concebir. No había nadie más en la tienda. Solo ellos y nosotros, pero el dueño no paró de hablar cuando llegamos. Me gustó no entorpecer su exposición apasionada y que no se sintieran cohibidos por nosotros. Yo en su lugar, seguramente hubiera cortado la conversación y esperado a que los molestos clientes que no compraron nada se fueran. Solo me llamó la atención una colección de las Joyas Literarias Juveniles del escaparate, cuyos lomos formaban una estampa con varios personajes de la serie de diferentes épocas.

Seguimos subiendo la cuesta y otro señor se acercó para que entráramos en su tienda de antigüedades con la misma sonrisa y modos que se emplean en los zocos árabes. ¡Para que luego se intente ocultar la herencia de dicha cultura! Declinamos la oferta, pero con estos tres breves encuentros que transcurrieron en menos de una hora, ya me había reconciliado con la ciudad entera. Solo faltaba habernos encontrado con el fantasma de Arturo Barea paseando desde el río Manzanares, donde lavaba su madre ,hacia las escuelas pías de San Fernando.  Era sábado, hacía calor y el anteriormente conocido como El Avapiés se encontraba casi vacío, tranquilo, sin las muchedumbres que asocio a la capital en mi cabeza.

Un día en Madrid da para mucho.

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