¡Felicidades! ¡Muchas Gracias!

El verano pasado, un buen amigo nos pidió que le dijéramos dos dioses que nos gustaran. Noe lo tuvo claro desde el principio y escogió a Nut, la deidad egipcia que representa la bóveda celeste, la protectora de los muertos. Yo me lo tuve que pensar porque me cuesta elegir entre una cosa u otra. Después de no llegar nunca a ninguna conclusión, me suelo decantar por lo último que se me pase por la cabeza. Cuando escribo, también ocurre lo mismo y el tema tratado suele incluir la última película que haya visto o el último libro que he leído, para después intentar hilarlo todo y que parezca que lo que me pasa tiene un sentido determinista bien fundado, que todo se encuentra ligado mediante una hebra continua de la cual se puede tirar y con suerte obtener algo con sustancia, pero lamentablemente, lo único que se conseguiría al hacerlo sería quedarse sin el jersey.

También es verdad que el fenómeno de que las restricciones fomenten la creatividad no es nuevo. Luis García Berlanga sostenía que sus mejores películas las rodó durante la dictadura franquista, en la cual debía regatear a la implacable censura a base de ingenio. Ya con la democracia, la calidad de sus propuestas disminuyó considerablemente. También es de sobra conocido uno de los calambures más famoso de la historia que Francisco de Quevedo dedicó a la reina Mariana de Austria, con el que consiguió reírse un poco de ella sin que le pudieran achacar nada. En física lo llamarían el rozamiento necesario para que una rueda ruede y sin el cual patina.

Pasaron los días, me encontraba contra las cuerdas y a modo de broma revestida de frivolidad, le propuse Hermes a mi amigo, ¿el dios del lujo? Pero resulta que también es el dios que guía a las almas al inframundo,  algo parecido a lo que se dedica Nut sin yo tener noción de ello. Conocía que era el mensajero del Olimpo, que tenía alas, pero ignoraba sus otros cometidos, con lo cual al verlos juntos en el maravilloso dibujo que nos ha hecho, se aprecian las reminiscencias de ese aparente destino que yo mismo suelo crear sin querer y en el cual todo encaja, pero siempre a posteriori. Al fin y al cabo, que dos seres de culturas dispares se encuentren el uno junto al otro sin resultar chocante puede quedar tan natural como cuando el Sheriff Woody y el astronauta Buzz Lightyear dejaron atrás sus procedencias antagónicas y aunaron fuerzas por el bien del resto de los juguetes.  Sí, acabo de ver Toy Story a mis cuarenta y pocos tacos, ya ves tú… Lo peor de todo es que ni siquiera tengo la excusa de haberla visto para lograr el ansiado silencio de algún niño y me temo que soy demasiado mayor para que me recordara a mi infancia.

Ángel

El caso es que no puedo más que estar muy agradecido por un regalo tan personalizado y herm(e)oso en la entrañable era en la que gente desconocida entre sí felicita los cumpleaños a través de LinkedIn con el mismo ardor que aquel que reenvió por WhatsApp el siguiente mensaje: ¡Te quiero cariño! 

He de decir que tuve que borrar de la red social laboral por excelencia mi fecha de nacimiento porque me parecía demasiado ridícula la única conversación que mantenía año tras año con alguien que ni siquiera sabía quién era. De no haberla cortado, puede que hubiera llegado hasta el infinito o incluso más allá. Rezaba así:

-¡Felicidades!

-¡Muchas gracias!

-¡Felicidades!

-¡Muchas gracias!

-¡Felicidades!

-¡Muchas gracias!

-¡Felicidades!

-¡Muchas gracias!…

7 comentarios sobre “¡Felicidades! ¡Muchas Gracias!

  1. Maldita sea, siempre que te leo constato lo ridículamente ignorante que soy. Si me hubieran pedido que dijese mi Dios favorito hubiera optado seguramente por Messi o por García Márquez. Supongo que ahora el buzón se llenará de mensajes como ‘Feliz Navidad’, aunque no se sepa a ciencia cierta si esa persona aún está viva. Un placer leerte, compañero. ¡Feliz Navidad!, (me consta que aún estás vivo)

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