MEFISTÓFELES

Hubo una mañana en la que me desperté al alba, igual que los héroes en los días señalados, pero yo no tenía ninguna misión importante que cumplir, sino que me dediqué a rascar el fondo de una olla para quitar el requemado.

Al segundo lavado en el lavavajillas, nos dimos cuenta de que un tercero no surtiría efecto, así que la dejamos adornando en la cocina un tiempo esperando un milagro que nunca ocurrió. Mientras frotaba con un estropajo y me despellejaba un poco la piel cuando muchos todavía dormían, no me importaba pensar en lo absurdo de la tarea en esas horas tan intempestivas. Limpiar a mano siempre le pone a uno en su lugar, como quien ordeña una vaca para beberse un vaso de leche en vez de abrir la nevera.

Escribir también se podría interpretar como quitar el socarrat detrás de la piel, pero las letras están más ricas que el chamuscado de la sartén, aunque sepa que a la larga resulte igual de nocivo, porque la necesidad de hacerlo crece cual tumor, aunque no siempre es satisfecha.

Fregar, en cambio, no muestra tantas contraprestaciones.  Me recuerda siempre a la madre de un amigo cuando éramos adolescentes. Ella hizo un arte de lavar cacerolas, tanto que lo sigo recordando casi treinta años después. Nunca la vi en acción, pero su hijo lo relataba con una mezcla de admiración y guasa porque aunque su marido quería comprar un juego nuevo de ollas y sartenes, ella se empecinaba en seguir quitando el esmalte a las viejas. Unos esfuerzos ímprobos que además favorecían que la próxima vez que cocinara se pegara más la comida. Lo mismo ocurre con las soluciones que solemos dar a los problemas, las cuales nunca son tan completas como se piensa, pero al tener la sensación de haber actuado, nos quedamos más tranquilos. Con esa estampa, mi amigo retrataba de algún modo a toda una generación de padres que lo dieron todo para que sus hijos estudiaran lo que muchos de ellos no pudieron, pensando quizá en un futuro perfecto que ya ha quedado atrás, dejando el imperfecto actual, tal y como la propia gramática indica.

Ellos trabajaban para que nosotros saliéramos por los bares con ínfulas Adanistas, buscando música anglosajona de shoegazers y deprimentes varios, pero solo encontrábamos aquellas canciones alegres y poco pretenciosas que igualmente describen a toda una generación. 

En realidad, también queríamos ligar, pero sin enfangarnos en cortejos a base de gritos amortiguados por una música atronadora tras la cual nadie escuchaba lo que se pudiera decir, o en pagafantismos indignos y claro, así de mal nos iba. Todo atisbo de amor se guardaba en nuestra imaginación y solo quedaba el consuelo del perdedor que ni siquiera lo intenta por razones varias, entre las cuales se encuentra una amalgama de inutilidad, vanidad disfrazada de timidez, orgullo y la fragilidad que expele querer mantener un expediente inmaculado.  

Tanto desamor, en ocasiones casi autoimpuesto, se traducía después en composiciones espantosas en forma de canciones que por fortuna nunca salieron a la luz porque no existían canales de Youtube ni poemarios virtuales y yo carecía de talento o contactos para que la gente influyente de la época se fijara en mí. Maltrataba una guitarra y siempre salía el mismo sonido torpe, nunca el que buscaba. Cual loco, pretendía resultados diferentes a los mismos acordes, pero solo escuchaba notas muertas. Le faltaba la vida que tienen las creaciones de cualquier índole que merecen la pena. La trascendencia no la veo tanto en el propio mensaje, que suele ser el mismo repetido, sino por ejemplo, en llegar a olvidar que no son más que las manos del titiritero lo que uno está viendo en el escenario en vez de una familia de tres personajes a lo largo de toda una vida. Que la misma mano puede representar a un recién nacido y a un anciano con un aparentemente simple cambio de gesto. Yo no podía conseguirlo con mis melodías. Así pasaba los veranos y las madrugadas, aguardando aquel mañana informe incluso con melancolía.

Un día, un amigo me comentó que en la Universidad había forma de buscar letras y partituras de canciones, las de verdad, las que intentaba emular y así evitar el esfuerzo de aprenderlas mal de oído. Yo pensaba que me tomaba el pelo, porque en 1995 ¿quién se podría imaginar algo así?, pero él se refería a internet. 

Ese mismo año conocí a Noe. Ella también tuvo que acudir a clases de refuerzo durante el verano. Yo por suspender los exámenes de junio y ella por no presentarse. A veces trasnochaba y no andaría muy agudo, pero recuerdo hablar con ella de música durante los momentos de descanso en la puerta de aquella academia santanderina a la que tantas horas le dediqué. Su padre había retomado el grupo que tenía de joven y habían vuelto a ensayar. Grababan sus canciones de los sesenta con recursos más dignos que los míos, que consistían en un radiocasete con micrófono. Un cuatro pistas era un sueño inalcanzable y casi mejor así. La falta de medios ha impedido a muchos hacer el ridículo y quizá por ello el pasado puede parecer más honorable al no haber tanta hemorragia creativa sin filtro alguno, pero lo más relevante creo que reside en que no se enteraba uno con tanta facilidad de los menesteres en los que andaban enfrascados el resto, ni ellos de los de uno.  

No colaba el que yo utilizara para mis grabaciones cintas de grupos que me habían regalado y como no me gustaban, las borraba ahondando más en la ignominia. Por mucho que saliera impreso el sello de grandes discográficas y quitase con alcohol el nombre del grupo original, al escucharlas solo era yo en mi habitación, lugar del que nunca salieron.

El verano se desinfló y mis conversaciones con Noe quedaron dormidas, como lo hicieron las referencias a internet. De aquella, todo lo relacionado con la informática no me interesaba lo más mínimo. En realidad, solo estudiaba, escuchaba música e iba a la caza de dichas canciones a bares llenos de gente con aliento a humo rancio, alcohol y colonia. 

Before the summer fell I already knew

She said I was more than dead

I already knew

No hace tanto, he vuelto a rememorar aquel olor de los tugurios durante el concierto de un grupo al que no conocía, aunque todo resultaba tan familiar como cuando paseas por cualquier capital europea, con la sensación de que se confunden unas con otras. Es cierto que se suelen amontonar las franquicias de moda y restauración en las zonas peatonales adyacentes a los cascos históricos, pero también reconforta no haber ido nunca a algún lugar  y saber que te gustará que no te sorprenda, que será tal y como te lo esperas. Tuve una sensación parecida también con los extraños que se encontraban delante de nosotros, los cuales parecían haber fumado y bebido antes de entrar al auditorio, arruinando así el momento delante del espejo en casa mientras se rociaban perfume y soñaban con flirteos que casi nunca se hacen realidad. Por un instante, me acordé de las peladuras de mandarina que tras unos días en la basura fermentan y no se puede decir que apesten, porque guardan cierto aroma cítrico, pero su presencia tampoco me convence del todo. 

Cada año, después de las vacaciones estivales, igual que ahora, llegaba finales de septiembre junto al viento que avisa del otoño y despeja la bruma de agosto para dejar una visión nítida de las cosas.  Siempre comenzaba un nuevo curso y con él la determinación de llevar los estudios al día y aprender de los errores pasados, pero enseguida se empezaba a pedir tiempo prestado sin lograr aprovecharlo del todo, a vivir a base de deudas que ni el verano siguiente podía mantener, a soltar lastre en forma de asignaturas que quedaban pendientes. Solo al final de la carrera se llegan a saldar las cuentas pasadas completamente, pero ya da un poco igual porque todo ha terminado y a nadie importan ya los suspensos ni las buenas notas. 

Con Noe me seguía encontrando por los pasillos de la universidad. Ella continuaba juntando y separando sus manos mientras hablaba y sonreía. Cada dedo rebotaba en su homónimo. Luego comprendí que se trataba de un gesto propio de un entusiasmo general casi innato, que ni mis pensamientos llenos de ceniza han logrado quebrar del todo. Ya no lo hace, pero quizá todavía no sea demasiado tarde para volver a verlo. Me pondría contento por lo que supone,  igual que las estelas de los aviones indican que alguien está viajando.

You are a vapour trail in a deep blue sky

Tremble with a sigh, glitter in your eye

You seem to come and go, I never seem to know

El pasadizo entre el edificio nuevo y viejo de la escuela universitaria solía ser el más habitual para intercambiar saludos fugaces que no iban más allá.  Yo seguramente le hablaría por ejemplo del último concierto de un grupo de conocidos míos que representaban el aire fresco que le suele faltar a las capitales de provincia. Viajaban a Gijón desde Santander para grabar sus maquetas, algo que parecía incluso exótico. Su fin llegó cuando se les ocurrió llamar a su último disco Ritairasema.  Durante una gira por pueblos inmundos, colocaron carteles cutres anunciándose, pero dio la casualidad de que la propia Rita Irasema los vio para luego denunciarlos. Por lo menos, fue un final algo memorable, no de esos que languidecen y se olvidan. Supongo que no muchos han sido demandados por la hija del payaso Miliki. La que entretenía a los niños de la época acabó con un grupo de influencias post punk y rock alternativo británico. El bajista se convirtió en profesor de filosofía, poeta y escritor de ensayos, el batería en abogado y lo último que sé del guitarrista/cantante es que regentaba un restaurante. Seguramente hubiesen llegado al mismo punto de no haberse topado con Rita Irasema, pero quizá hoy en día no me hubiera acordado de ellos.

A finales de 1998 se despertaron a la vez las conversaciones más continuadas con Noe y el interés por internet, que ya no parecía un pasatiempo para chalados. Pasábamos las horas en el aula de informática de la Universidad, regida por compañeros que desprendían cierto aire de kapo, o la sensación de respeto al ostentar un cargo cual portero de discoteca de ese mundo incipiente tan absorbente. Desde fuera pudiera parecer un fumadero de opio con los primeros enganchados a las salas de chats, pero a la vez, resultaba estimulante poder buscar partituras o preguntar al oráculo. Yo debía de disponer de cuenta propia para acceder a los ordenadores, pero como pretexto para hablar con Noe utilizaba la suya. Fue lo primero que compartimos. Yo le pedí su contraseña y ella me la dio. Otras personas se hubieran indignado y hubiesen protegido su pequeña intimidad, poniendo una frontera clara entre el continente y el supuesto contenido, que siempre termina por ser menos de lo que se está dispuesto a admitir. Noe en cambio me dejó entrar en su laberinto y ahí sigo en el vergel, sin saber muy bien cuándo estoy fuera o dentro, sin muros claros que ejerzan de frontera. Nunca olvidaré la contraseña, ni la utilizaré de nuevo. Era: MEFISTOFELES.

6 comentarios sobre “MEFISTÓFELES

  1. Qué gran viaje en el tiempo. Los paralelismos con la actualidad hablan por sí solos. Antes había que pelearlo todo, una canción, un ligue, información, viajar… Ahora parece todo tan sencillo que asusta y las cosas van paulatinamente perdiendo el valor hasta casi desaparecer. Basta con tener un teléfono móvil para acceder a toneladas de música que no escucharé, conocimiento para ganar apuestas estúpidas, billetes a las Maldivas a un precio irrisorio, un kebab antes del amanecer y polvos fugaces para ahogar el miedo. No sé si el pasado es mejor o peor que el presente, pero está claro que las próximas generaciones podrán contar menos historias.

    Mil gracias por tus historias. Es un verdadero placer leerlas. Un gran abrazo, adelante!

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